COMENTARIOS APOLOGÉTICOS A LAS CARTAS DE SAN PABLO
INTRODUCCIÓN
Santa Catalina de Siena, en su libro "el Diálogo", capítulo 83, nos dio a conocer lo que Dios le reveló acerca del glorioso apóstol San Pablo: "San Pablo había visto y experimentado este bien cuando lo elevé al tercer cielo, es decir, a las alturas de la Trinidad. Entonces gustó y conoció mi verdad. Allí recibió el Espíritu Santo con plenitud y aprendió la doctrina de mi Verdad, el Verbo encarnado, y se revistió su alma de la percepción y unión a mí, Padre eterno -como los bienaventurados de la vida perdurable-, con la excepción de que el alma no salió del cuerpo. Ocurrió esto porque fue del agrado de mi bondad hacerlo vaso de elección en el abismo de mí, Trinidad eterna. Lo despojé de mí, porque en mí no cabe sufrimiento, y yo quería que sufriese a causa de mi nombre. Como finalidad puse ante los ojos de su entendimiento a su Cristo crucificado, revistiéndole de su doctrina, atado y encadenado con la clemencia del Espíritu Santo, fuego de caridad. Como a vaso elegido, reformado por mi bondad por no hacer resistencia, fue herido por mí, y me dijo: "Señor mío, ¿qué quieres que haga? Dime lo que tengo que hacer y lo haré". Cuando le puse ante los ojos a Cristo crucificado, le instruí, otorgándole la doctrina de mi Verdad. Iluminado perfectísimamente por la luz de la verdadera contrición, fundada en mi caridad, con la que lo rescaté de su pecado, se vistió de la doctrina de Cristo crucificado. Él la estrechó contra sí, de modo que, como manifestó, jamás le fue arrebatada ni por tentación de los demonios ni por el aguijón de la carne, que muchas veces lo combatía. Ni las tribulaciones ni por causa alguna que le ocurriese abandonaba la vestidura de Cristo crucificado, es decir, la perseverancia en su doctrina, sino, más bien, la hacía carne suya. Mi bondad lo abandonó a sí mismo para acrecentarlo en gracia y en mérito por la humillación, pues él había gustado las alturas de la Trinidad. Abrazó esta doctrina de tal manera, que por ella dio la vida, y con esa vestidura volvió a mí, Dios eterno. Así aprendió San Pablo qué es gustar a Dios libre de la pesadez del cuerpo, haciéndoselo experimentar yo por la percepción de la unión y no por la separación. Después, vuelto en sí, vestido de Cristo crucificado, su amor le parecía imperfecto comparado con la perfección que había visto en mí y en los santos separados del cuerpo. Por eso juzgaba que la pesantez del cuerpo se le oponía, esto es, le impedía la gran perfección y saturación que adquiere el alma después de la muerte. Creía que la memoria, tal como es, era imperfecta, por lo cual se le impedía el recordar y el ser apto para recibirme y gustarme de veras con la perfección con que me reciben los santos. Por eso juzgaba que todas las cosas, mientras permanecieran en su cuerpo, eran una inclinación perversa que luchaba y se rebelaba contra el espíritu. No tuvo lucha con el pecado, pues ya te dije cómo se lo aseguré: "Pablo, te basta mi gracia", sino la lucha con lo que le impedía la perfección total de su espíritu, es decir, de verme en mi esencia. Esta visión le era estorbada por la inclinación y pesantez del cuerpo, y por ello clamaba: "¡Hombre desventurado!, ¿quién me desligará de mi cuerpo?; pues tengo una inclinación perversa pegada a mis miembros que lucha contra el espíritu". Y era la realidad, pues la memoria era contradicha por la imperfección corporal; el entendimiento, obstaculizado y atado por la pesantez del cuerpo para que no viera cómo soy en mi esencia, y la voluntad, amarrada, pues por el peso del cuerpo podía con dificultad llegar a agradarme a mí, Dios eterno. Pablo decía verdad: tenía atada al cuerpo una ley que luchaba contra su espíritu. Igualmente, los servidores míos, de los que te dije que habían alcanzado el tercero y cuarto estados de la perfecta unión conmigo, claman con él, queriendo ser desligados y separados del cuerpo".
De los 27 libros que forman el Nuevo Testamento, 13 fueron escritos por San Pablo. Para situarnos en el contexto en que sus cartas fueron escritas, es recomendable leer las introducciones a cada una de ellas que encontramos en la Biblia en su versión Latinoamericana, que es la Biblia utilizada para la realización de estos comentarios. La doctrina de San Pablo es la doctrina de la Iglesia Católica; por eso, caen en una mala interpretación los que leen sus cartas desde fuera de la Iglesia. En este sentido, los comentarios apologéticos tienen por objetivo:
- Demostrar "la unidad doctrinal" entre las enseñanzas de San Pablo y las de la Iglesia Católica; descubriendo así, el error en las interpretaciones protestantes; y, a la verdadera Iglesia de Jesucristo.
- Dar respuesta a los argumentos protestantes y a los que buscan profundizar en nuestra fe.
- Servir de referencia a predicadores y apologetas católicos.
El Señor Jesucristo crucificado, que es "la sabiduría y la fuerza de Dios" (1Cor1,24), quien llamó al glorioso apóstol San Pablo, guíe nuestro camino. La Paz en Cristo.
CARTA A LOS ROMANOS
CAPÍTULO 1
Rm1,1-5: Jesús se le apareció a Saulo cuando iba camino a Damasco para apresar a los cristianos. Saulo, quien luego sería San Pablo, fue llamado por Dios, escogido para el Evangelio. La Buena Nueva (Buena Noticia) refiere que Dios, en Jesús, "visita a su pueblo, cumple sus promesas hechas a Abraham y a su desedencia" (Catecismo422) (Ef3,6-7); y nos "reconcilia consigo perdonando nuestros pecados" (Lc24,47) (Rm3,25) (Is40,1-2). "Jesús ya se había declarado Hijo de Dios ante el pueblo" (Jn5,18), pero fue en su resurrección que recibió "el Nombre sobre todo nombre" (Fil2,9-11) (1Pe1,21) (Jn17,5). "¿No tenía que ser así y que el Mesías padeciera para entrar en su gloria?" (Lc24,26). Es Jesús quien, habiendo resucitado de entre los muertos, "envía a sus apóstoles a anunciar el Evangelio (la Buena Nueva) para la salvación de las almas" (Mc16,15-16). Así como "Él fue enviado por el Padre, así también envía a sus apóstoles" (Jn20,21)
Rm1,6-7: Ante la predicación de los apóstoles, "los que aceptan el mensaje cristiano" (Rm10,17), "por la fe y el Bautismo" (He2,38), "forman parte de la Iglesia" (1Cor12,27) (Col1,24), que es el pueblo "que Dios consagró para sí" (Ex19,5-6). "Nosotros hemos sido salvados por fe y por gracia" (Ef2,8). "A la revelación que Dios hace de sí en Jesús, la respuesta adecuada del hombre es la fe" (Catecismo142). "La fe es ante todo una adhesión personal del hombre a Dios; es al mismo tiempo e inseparablemente el asentimiento libre a toda la verdad que Dios ha revelado [...]" (Catecismo150). "La gracia es el favor, el auxilio gratuito que Dios nos da para responder a su llamado: llegar a ser hijos de Dios, hijos adoptivos, partícipes de la naturaleza divina, de la vida eterna" (Catecismo1996). "La gracia es ante todo el don del Espíritu Santo que nos justifica y nos santifica [...]" (Catecismo2003). Jesús, cuando envió a sus apóstoles les dijo: "Al entrar en la casa, deseenle la paz. Si esta familia la merece, recibirá vuestra paz; y si no la merece, la bendición volverá a ustedes" (Mt10,12-13). "La paz de Jesús no es como la del mundo, no da lugar a la angustia ni al miedo" (Jn14,27).
Rm1,8-10: Cuando San Pablo se refiere al "mundo entero" no toma en cuenta a América, pues todavía no se había descubierto. Cuando recuerda a los romanos en sus oraciones, no solo está haciendo memoria, sino está "intercediendo por ellos ante Dios" (Catecismo2636). Por nuestra oración, Dios concede su gracia a las personas por quienes oramos. "[...] Al prójimo se le perjudica al no darle lo que se debe por la caridad y el amor con que hay que socorrersele por medio de la oración y santo deseo ofrecidos por él ante mi presencia. Esta es una ayuda general que se debe prestar a toda criatura racional [...]" (Diálogo6). "[...] Así ves que por el deseo del alma unida a mí, que soy bien infinito, se satisface en proporción a la perfección del amor del que presenta "la oración" y el deseo, y también en conformidad con la de aquel por quien se ofrece. "La medida en que uno me da y el otro acepta, esa será la medida de mi bondad". De modo que acrecienta el fuego de tu deseo y no dejes pasar un momento sin que por ellos clamen con "voz humilde y continuada" tus oraciones ante mí. Asi, os digo, a ti y al Padre de tu alma que te he dado en la tierra, que sufraís varonilmente y que mueras a vuestros propios sentidos" (Diálogo4). "Los apóstoles son los trabajadores" (1Cor3,5-8) (Lc10,2) "en la viña del Señor que es la Iglesia" (Mt21,33-46) (Is5,7).
Rm1,11-12: "Jesús subió al cielo y dio sus dones, unos son apóstoles, otros profetas, otros evangelistas, otros pastores y maestros" (Ef4,11). "A uno se le da por el Espíritu, palabra de sabiduría; a otro, palabra de conocimiento según el mismo Espíritu; a otro, el don de la fe, por el Espíritu; a otro, el don de hacer curaciones, por el único Espíritu; a otro, poder de hacer milagros; a otro, profecía; a otro, reconocimiento de lo que viene del bueno o del mal espíritu; a otro, hablar en lenguas; a otro, interpretar lo que se dijo en lenguas. Y todo esto es obra del mismo y único Espíritu, que da a cada uno como quiere" (1Cor12,8-11). "La manifestación del Espíritu que a cada uno se le da es para provecho común" (1Cor12,7). Así, San Pablo, busca fortalecer a la Iglesia en su conjunto y no a las personas por separado. Los apóstoles siempre se esforzaron por fortalecer la Iglesia. Así vemos a San Pedro, "cuando dio su testimonio de la transfiguración de Jesús, afirmando que en Él se cumple lo anunciado por los profetas" (2Pe1,19). San Pedro debe fortalecer la Iglesia empezando por "sus hermanos los apóstoles" (Lc22,31-32).
Rm1,13-15: "San Pablo visitaba las Iglesias conforme el Espíritu Santo le guiaba" (He16,6-10) (He23,11) (Mt4,1). "Los frutos son las obras" (Mt7,15-20). "El amor de Dios, que por el Espíritu Santo se va derramando en nuestros corazones" (Rm5,5), debe desembocar en las "obras de caridad" con el prójimo. Jesús dijo: "Hagan, pues, que brille su luz ante los hombres; que vean estas buenas obras, y por ello den gloria al Padre de ustedes que está en los cielos" (Mt5,16). "Yo soy la vid verdadera y mi Padre es el labrador. Toda rama que no da fruto en mí la corta. Y todo sarmiento que da fruto lo limpia para que de más fruto" (Jn15,1-2). "El fruto del Espíritu es "caridad", alegría, paz, comprensión de los demás, generosidad, bondad, fidelidad, mansedumbre y dominio de sí mismo [...]" (Gal5,22-23).
Rm1,16-17: "San Pablo proclama a un "Mesías crucificado" del que no siente verguenza" (1Cor1,23); pues, "este Mesías es fuerza de Dios y sabiduría de Dios" (1Cor1,24). Tanto para los judíos como para los griegos que creen. "Dios nos hace justos gratuitamente y por pura bondad, mediante la redención realizada en Cristo Jesús. Dios lo puso como la víctima cuya sangre nos consigue el perdón, y esto es obra de fe. Así demuestra Dios como nos "hace justos", perdonando los pecados del pasado" (Rm3,24-25). "Este perdón llega a nosotros en el Bautismo, junto con el Espíritu Santo" (He2,38). La vida de fe consiste en "ser constantes en hacer la voluntad de Dios, para conseguir su promesa. Acuerdense: dentro de poco, muy poquito tiempo, el que ha de venir llegará; no tardará. Mi justo, si cree, vivirá; pero si desconfía, ya no lo miraré con amor. Nosotros no somos de los que se retiran y se pierden, sino que somos hombres de fe que salvan sus almas" (Heb10,36-39). Así también, "la primera conversión (cuando salimos del mundo) se da en el Bautismo" (Catecismo1427). "Ahora bien, la llamada de Cristo a la conversión sigue resonando en la vida de los cristianos. Esta "segunda conversión" es una tarea ininterrumpida para toda la Iglesia que "recibe en su propio seno a los pecadores" y que siendo "santa al mismo tiempo que necesitada de purificación constante, busca sin cesar la penitencia y la renovación" (LG8). Este esfuerzo de conversión no es solo una obra humana. Es el movimiento del "corazón contrito" (Sal51,19), atraído y movido por la gracia (cf. Jn6,44; 12,32) a responder al amor misericordioso de Dios que nos ha amado primero (cf. Jn4,10)" (Catecismo1428). "Nuestra inclinación al mal (concupiscencia) persiste después del Bautismo y nos llama al combate espiritual" (Catecismo405). "[...] La justificación entraña, el perdón de los pecados, la santificación y la renovación del hombre interior" (Cc.deTrento:DS1528)" (Catecismo1989). Vemos, pues, como San Pablo se preocupa de fortalecer a la Iglesia y que de frutos para la gloria de Dios. "Como buen obrero que es en la viña del Señor que es la Iglesia" (1Cor3,8-9). Algunos protestantes utilizan la cita bíblica Rm1,17 para afirmar que es necesario "solamente la fe aparte de las obras" (sola fide) para ser salvos. No han comprendido que la fe es por naturaleza inseparable de la "obediencia de la fe: someterse a la palabra escuchada" (Catecismo144). Para ellos, "la fe es solo un instrumento por el que reciben los méritos de Jesucristo crucificado" (Confesión Belga art. 22). Así también, tienen un concepto distinto de gracia. Para ellos, "la gracia es un favor inmerecido en el que el hombre no participa de ningún modo, pues no tiene méritos ante Dios" (sola gratia). Y al ser la fe una gracia de Dios, no requiere obras. Deben comprender que si bien la fe es una gracia, se debe distinguir entre la "gracia habitual (o santificante, que recibimos en el Bautismo), disposición permanente para vivir y obrar la vocación divina, y las "gracias actuales, que designan las intervenciones divinas que están en el origen de la conversión o en el curso de la obra de la santificación" (Catecismo2000). Así, solo tenemos méritos para la vida eterna, realizando buenas obras (obras de caridad) cuando hemos recibido, en el Bautismo, la gracia santificante y permanecemos en ella "cumpliendo los mandatos del Señor" (Jn15,10), y evitando caer en pecado mortal. Pues, Abraham tenía fe, pero no nos abrió el camino al Padre, sino solo Jesucristo.
Rm1,18-27: "Desde el cielo nos amenaza "la indignación de Dios" por todas "las maldades e injusticias" de aquellos "que sofocan la verdad con el mal". San Pablo no se refiere a la maldad de una persona, sino a una "sociedad corrompida". Las sociedades que se corrompen han sido juzgadas duramente por Dios, como en "el diluvio" (Gen18,20-21), o como en la destrucción de "sodoma y gomorra" (Gen18,20-21), o como cuando "los pueblos que habitaban la tierra prometida" (Gen15,16), "debían ser exterminados" (Deut7,1-2). "La justicia es una virtud humana que debemos practicar" (Catecismo1804). "La justicia es la virtud moral que consiste en la constante y firme voluntad de dar a Dios y al prójimo lo que les es debido. La justicia para con Dios es llamada "la virtud de la religión" [...]" (Catecismo1807). Los hombre que practicaron la justicia agradaron aDios, como lo hizo "Noe" (Gen6,9) (2Pe2,5), o "Lot" (2Pe2,6-7). La sociedad se corrompe cuando los hombres se alejan de Dios y "se dejan llevar por sus instintos" (Ju1,7-8) despreciando "la rectitud de la conciencia" (2Pe2,7-8). ..."Todo lo que se puede conocer de Dios, lo tienen ante sus ojos, pues Dios se los manifestó". Después del pecado original, "las vías para acercarse a Dios tienen como punto de partida la creación: el mundo material y la persona humana" (Catecismo31). "Mediante la razón natural, el hombre puede conocer a Dios con certeza a partir de sus obras. Pero existe otro orden de conocimiento que el hombre no puede de ningún modo alcanzar por sus propias fuerzas, el de la Revelación divina (cf.Cc.Vaticanol:DS3015) [...]" (Catecismo50). De manera que, el hombre, por su razón natural, puede llegar a captar algo de Dios a partir de la creación. Pero, "consideraron como dioses que gobiernan el mundo tanto al fuego como al viento, a la brisa, al firmamento estrellado, al agua impetuosa o a las luminarias del cielo" (Sab13,2). "Quizás no haya que criticar tanto a esa gente: tal vez se extraviaron cuando buscaban a Dios y querían encontrarlo. Reflexionaban sobre las criaturas que los rodeaban, y lo que veían era tan hermoso que se quedaron con lo exterior. Pero ni aún así están libres de culpa: si fueron capaces de escudriñar el universo, ¿cómo no descubrieron en primer lugar al que es su Dueño?" (Sab13,6-8). ...No le dieron honores a Dios ni le dieron gracias como corresponde... Así vemos, que la verdad que es sofocada es "la verdad de Dios" (Rm1,25), por los injustos que no le dan lo que le corresponde desoyendo la voz de la conciencia y dejándose llevar por las pasiones haciendo maldades. Dios, "habiendo sacado de un solo tronco toda la raza humana, quiso que se estableciera sobre la tierra, y fijó para cada pueblo cierto lugar y cierto momento de la historia. Habían de buscar por sí mismos a Dios, aunque fuera a tientas: tal vez lo encontrarían" (He17,26-27). No hay, pues, disculpa para los que cambian la verdad de Dios, por la mentira. Al alejarse de Dios, "se llega incluso a ver lo malo como bueno" (Is5,20), cayendo en prácticas aberrantes.
Rm1,28: "La afirmación de sí contra los imperativos de la razón, junto con el placer de los sentidos y la apetencia de los bienes terrenos, forman nuestra triple "inclinación al mal" o "concupiscencia" (Catecismo377). Jesús dijo: "No juzguen a los demás y no serán juzgados ustedes. Porque de la misma manera que ustedes juzguen, así serán juzgados, y la misma medida que ustedes usen para los demás, será usada para ustedes" (Mt7,1-2). Dios abandonó a los errores de su propio juicio, a los que juzgaron inútil conocerlo; quienes, arrastrados por su propia inclinación al mal, hacen absolutamente todo lo que es malo. "Ser su propio dios, siempre ha sido tentador para el hombre" (Gen3,4-5).
Rm1,29-32: San Pablo hace una denuncia parecida cuando se refiere a los "frutos de la carne" (Gal5,19-21). Sin embargo, se puede notar en este caso una inclinación "al falso juicio" (Rm1,28) (contra conciencia) de los que "creyéndose sabios se volvieron necios" (Rm1,22).
CAPÍTULO 2
Rm2,1-5: La Iglesia de Roma estaba compuesta por paganos y judíos (ambos convertidos al cristianismo) que, unidos por la fe en Jesús, en su Espíritu Santo, se encontraban en proceso de aceptarse mutuamente. Ambos pueblos, unidos por la fe, debían pasar juntos su proceso de conversión interior. Es en esta convivencia que surgen roses entre judíos y paganos. En el primer capítulo, a partir del versículo 18, San Pablo expone el pecado de los pueblos paganos. Pero, en este segundo capítulo no le da la razón a los judíos; sino que, les cuestiona: ¿piensas que escaparás del juicio de Dios, porque tanto tú como Él condenan a los demás? Si bien, los paganos son pecadores, los judíos demuestran que también lo son al juzgarlos. Así, tanto paganos como judíos deben convertirse. "¿Qué pasa? Ves la pelusa en el ojo de tu hermano, ¿y no te das cuenta del tronco que hay en el tuyo?" (Mt7,3). "Hermanos, no se critiquen unos a otros. El que habla mal de un hermano o se hace su juez, habla contra la Ley y se hace juez de la Ley. Pero a ti, que juzgas a la Ley, ¿te corresponde juzgar a la Ley o cumplirla? Uno solo es juez: Aquel que hizo la Ley y que puede salvar y condenar. Pero, ¿quién eres tú para juzgar al prójimo?" (Stgo4,11-12). Así, pues, si Dios tiene "paciencia" es porque "no quiere que nadie se pierda, sino que todos lleguen a la conversión" (2Pe3,9). Pero, "llegará el día del Señor como hace el ladrón... a nosotros nos corresponde llevar una vida santa y piadosa, mientras esperamos y ansiamos la venida del día de Dios..." (2Pe3,10-12), cuando se presente como justo juez.
Rm2,6-11: Ante los roses entre judíos y paganos, San Pablo les enseña que no es "justo" el que acusa el pecado de los demás sino el que obra el bien (no hay distinción de personas, pues todos pecaron: tanto judíos como paganos). Todos seremos juzgados por nuestras obras. "La vida cristiana matiene los ojos puestos en Jesucristo" (Heb12,1-2) y en su regreso como justo juez; "nuestra esperanza es la gloria eterna con Jesús" (Col1,27) (Rm5,2); "si morimos con Él, debemos creer que también viviremos con Él" (Rm6,8). Por eso, debemos vivir con miras a la vida eterna, "perseverando" (Catecismo162;2016) en las buenas obras. "Nosotros no somos de los que se retiran y se pierden, sino que somos hombres de fe que salvan sus almas" (Heb10,39). "Somos gente de paso aquí en la tierra" (1Pe2,11), "peregrinando hacia el Reino de los Cielos con el Padre" (Catecismo954;955). ¿Y cómo hacemos el bien? "Cumpliendo la Ley" (Rm7,16). "Toda la Ley se cumple en el amor al prójimo" (Gal5,14). En el juicio final el Señor dirá: "[...] Vengan benditos de mi Padre, y tomen posesión del reino que ha sido preparado para ustedes desde el principio del mundo. Porque tuve hambre y ustedes me dieron de comer; tuve sed y ustedes me dieron de beber. Fui forastero y ustedes me recibieron en su casa. Anduve sin ropas y me vistieron. Estuve enfermo y fueron a visitarme. Estuve en la cárcel y me fueron a ver" (Mt25,34-36). Debemos, pues, "llenarnos de buena voluntad" (Rm15,14), "ejercitarnos en la piedad" (1Tim4,7-8), y "orar a Dios levantando las manos libres de todo enojo y discusión" (1Tim2,8). El sufrimiento y la angustia, contrarios a "la Paz que Jesús nos da" (Jn14,27), serán para los injustos que sofocaron la verdad de Dios con la mentira, hicieron maldades y "dejaron de hacer el bien" (Mt25,41-45).
Rm2,12-16: La Iglesia de Roma estaba pasando por conflictos entre judíos y paganos, ambos convertidos al cristianismo. Los paganos no tenían la Ley que se les dio a los judíos. Pero, cuando cumplen naturalmente lo que manda la Ley (se refiere a los paganos convertidos al cristianismo), demuestran que las exigencias de la Ley están grabadas en sus corazones. "La Ley grabada en el corazón" es la promesa de la Nueva Alianza anunciada por el profeta Jeremías: "Esta es la alianza que yo pactaré con Israel en los días que están por llegar, dice Yavé: pondré mi Ley en su interior, la escribiré en sus corazones, y "yo seré su Dios" y ellos serán mi pueblo" (Jer31,33). Por eso, no se refiere a todos los paganos del mundo, sino a los convertidos al cristianismo en la Iglesia de Roma. Ellos, con sus buenas obras, demuestran que son el pueblo de Dios. San Pablo les está enseñando que no se es el pueblo de Dios por el cumplimiento de la Ley ni por la circunsición, sino "por la fe que actúa mediante el amor" (Gal5,6), en "las obras de caridad" (1Tim4,7-8) "con el prójimo" (Gal5,14); y por las cuales, "seremos juzgados" (Rm2,6) (El juiicio del mundo pagano que no conoce a Jesús se encuentra en el capítulo 1, cuando se refiere a la justicia que el hombre por naturaleza debe practicar con Dios y con el prójimo He10,34-35; Catecismo1776;1777;1780). ...Serán juzgados por su propia conciencia... el día que Dios juzgue lo más íntimo de las personas por medio de Jesucristo... "El mismo Dios que dijo: Brille la luz en medio de las tinieblas, es el que se hizo luz en nuestros corazones, para que se irradie la gloria de Dios tal como brilla en el rostro de Cristo" (2Cor4,6). Cuando San Pablo dice que a los paganos los juzgará su propia conciencia, se refiere a los convertidos al cristianismo que "han aceptado la verdad de Jesucristo" (1Pe1,22-23) (Jn14,6) (Prov2,2), los que son como "la semilla que cayó en buena tierra" (Mt13,23). Así, su conciencia le reprochará al que no ha obrado conforme a la fe del corazón. "La fe del corazón te procura la "justicia", y tu boca, que lo proclama, te consigue la salvación" (Rm10,10). "Conserva la fe y la buena conciencia, no como algunos que se despreocuparon de ella y naufragaron en la fe" (1Tim1,19). Por eso también dirá: "Mantén tus propias convicciones ante Dios. Dichoso aquel a quien "su conciencia" no le reprocha su desición. Pero si uno come cuando su conciencia se lo reprocha, se condena a sí mismo, pues su convicción era otra, y todo lo que uno hace en contra de su convicción es pecado" (Rm14,22-23). ..."Si comes un alimento sabiendo que hieres la conciencia poco formada de tu hermano, pecas contra el mismo Cristo" (1Cor8,1-13). La convicción a la que se refiere San Pablo, es la verdad de Jesús que hemos creído en el corazón. Así, es al poner en práctica la Palabra, amando a nuestro prójimo, "viviendo en el Espíritu Santo" (Rm8,4), que la Palabra va "conquistando nuestro corazón y formando nuestra conciencia" (Heb5,14) (Catecismo1458). La semilla de la Palabra va creciendo por el Espíritu Santo, con la oración y los sacramentos, aferrándonos a ella en las tribulaciones, hasta que Cristo tome forma en nosotros. Es voluntad de Dios que seamos imagen y semejanza de su Hijo, a fin de que sea "el primogénito en medio de numerosos hermanos" (Rm8,29) ...para que se irradie la gloria de Dios tal como brilla en el rostro de Cristo" (2Cor4,6). Es necesario "formar la conciencia" (Catecismo1783;1784;1785) a la luz del "Magisterio de la Iglesia" (Catecismo888;889), que es "pilar y base de la verdad" (1Tim3,15). Así, San Pablo dirá: "Nuestro ministerio lo tenemos por gracia... manifestando "la verdad", merecemos que cualquier conciencia humana nos apruebe. Si a pesar de eso permanece oscuro el Evangelio que proclamamos, la oscuridad es para los que se pierden. Se niegan a creer, porque el dios de este mundo los ha vuelto ciegos de entendimiento y no ven el resplandor del Evangelio glorioso de Cristo, que es imagen de Dios" (2Cor4,1-4). Cumpliéndose así, la profecía anunciada por Simeón: "[...] Mira, este niño traerá a la gente de Israel caída o resurrección. Será una señal de contradicción, mientras a ti misma una espada te atravesará el alma. Por este medio, sin embargo, saldrán a la luz los pensamientos íntimos de los hombres" (Lc2,34-35); de los que creen y de los que "endurecen el corazón" (Heb3,7-19).
Rm2,17-24: Tú, que te fijas en el pecado de los demás, si conoces la Ley ¿por qué no la cumples? ¿Será que no puedes? Tanto los paganos como los judíos necesitan "la gracia de Jesucristo" (Catecismo1999). Esto es lo que debe ir comprendiendo "la Iglesia de Roma" (Rm1,1-7). En este pasaje San Pablo parece ayudar a los judíos a tomar conciencia de nuestra condición: "somos pecadores". Como más adelante dirá: "el fruto de la Ley es otro: nos hace concientes del pecado" (Rm3,20). Esto lo profundizará en el capítulo 7 y 8 a la luz de Jesucristo, a quien presenta como nuestro Salvador.
Rm2,25-29: En el Antiguo Testamento se formaba parte del pueblo de Dios por la circunsición, que era "la señal de la Alianza entre Dios y el pueblo de Israel" (Gen17,11). Y, siendo el pueblo de Dios, debían practicar la Ley. A la circunsición y la Ley, le hacía falta "la fidelidad" (Hab2,4). Les hacía falta "la circunsición del corazón" (Deut10,16). Es decir, "debían madurar en su fe a semejanza de Abraham" (Stgo2,21-23). Así, ser judío no se trataba de algo exterior sino de una realidad íntima, que era valorada solo por Dios. "[...] Dios es Espíritu, y los que lo adoran deben adorarlo en espíritu y en verdad" (Jn4,24). Actualmente, en la Nueva Alianza, ya no somos el pueblo de Dios por la circunsición ni por practicar la Ley, sino "por la fe y el Bautismo" (He2,38) (He16,31-33); y "cumplimos toda la Ley amando a nuestro prójimo" (Gal5,14); pues, "nuestra fe actúa mediante el amor" (Gal5,6), en "las obras de caridad" (1Tim4,7-8); sino, "nuestra fe estaría muerta" (Stgo2,17-18). Jesús dijo: "Dirán del que oye estas palabras mías, y no las pone en práctica: aquí tienen a un tonto que construyó su casa sobre arena" (Mt7,26). Por eso San Pablo dice de los paganos convertidos al cristianismo: ...si uno de ellos cumple los mandatos de la Ley, será considerado exactamente como un circunsidado.
CAPÍTULO 3
Rm3,1-4: Anteriormente San Pablo dijo: "ser judío es una realidad íntima, y la circunsición debe ser la del corazón, obra espiritual y no cuestión de leyes escritas [...]" (Rm2,29). Llegar a comprender esta verdad, no era fácil para el pueblo judío. Ellos, pensaban ser justos por la práctica de la Ley. Comprender la obra de redención de Dios, que sobrepasa la historia de su pueblo y llega a toda la humanidad, no era sencillo. Así lo vemos en el apóstol San Pedro antes de bautizar a Cornelio: "Dentro había toda clase de animales cuadrúpedos, reptiles y aves. Entonces una voz le habló: "Pedro, levántate, mata y come. pedro contestó: ¡De ninguna manera, Señor! Jamás he comido nada profano o impuro. Y se le habló por segunda vez: Lo que Dios ha purificado no lo llames tu impuro" (He10,12-15). ..."Entonces Pedro tomó la palabra y dijo: verdaderamente reconozco que Dios no hace diferencia entre las personas. En toda nación mira con benevolencia al que teme a Dios y practica la justicia" (He10,34-35). ..."Todavía estaba hablando Pedro, cuando el Espíritu Santo bajó sobre todos los que escuchaban la Palabra. Y los creyentes de origen judío, que habían venido con Pedro, quedaron atónitos: ¡Cómo! ¡Dios regala y derrama el Espíritu Santo también sobre los que no son judíos!" (He10,44-45). Los judíos, por la práctica de la Ley, querían alcanzar "la promesa hecha por Dios a Abraham" (Rm4,13). Por eso, si la bendición de Dios llegó también a los paganos que no practicaron la Ley, entonces, ¿cuál es la ventaja de ser judío? A diferencia de San Pedro y los apóstoles que ante este obrar de Dios, "lo alabaron" (He11,18), a los judíos de la Iglesia de Roma, convertidos al cristianismo, todavía les costaba"comprender" (Mt13,23). Todavía debían "madurar en su fe, a semejanza de Abraham cuando entregó en sacrificio a su hijo Isaac" (Stgo2,21-23) (1Cor3,1-3). Por eso no se alegraban de que la salvación llegara también a los paganos, considerados pecadores; sino que, se cuestionaban. ¿Será que no se sabían pecadores? Podemos comparar esta situación con la del hermano del "hijo pródigo" a quien su padre le dice: "[...] Hijo, tu estás siempre conmigo y todo lo mío es tuyo. Pero había que hacer fiesta y alegrarse, puesto que tu hermano estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado" (Lc15,31-32). O también, con la parábola de "los trabajadores de la viña": "El dueño contestó a uno de ellos: Amigo yo no he sido injusto contigo. ¿No acordamos un denario al día? Toma lo que te corresponde y márchate. Yo quiero dar al último lo mismo que a ti. ¿No tengo derecho a llevar mis cosas de la manera que quiero? ¿O será porque soy generoso y tú envidioso?" (Mt20,13-15). San Pablo les recuerda que "la salvación viene de los judíos" (Jn4,22) y que Dios no es infiel a su promesa; sino que, "los judíos tropezaron con la piedra en la que debían afianzarse" (Is28,16) "para su salvación" (Sal118,21-24). "Proclama mi alma la grandeza del Señor, y mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador" (Lc1,46-47).
Rm3,5-7: ... Si nuestra maldad demuestra que Dios es justo... ¿no es Dios injusto al castigarnos? Esto sería tanto como afirmar la inocencia del diablo. "La libertad hace al hombre responsable de sus actos en la medida en que éstos son voluntarios [...]" (Catecismo1734). Pero, si el hombre no tiene libre albedrío (como lo afirma la reforma protestante), ¿cómo es responsable de sus actos? "Dios pagará a cada uno de acuerdo a sus obras. Dará vida eterna a quien haya seguido el camino de la gloria, del honor y la inmortalidad, siendo constante en hacer el bien; y en cambio habrá sentencia de reprobación para quienes no han seguido la verdad, sino mas bien la injusticia" (Rm2,6-8). Parece asomarse el misterio entre la soberanía de Dios y la libertad del hombre de Rm9, que San Pablo no explica sino que afirma la justicia de Dios en todas sus obras.
Rm3,8: ... Hagamos el mal para que venga el bien... "Una intención buena (por ejemplo: ayudar al prójimo) no hace ni bueno ni justo un comportamiento en sí mismo desordenado (como la mentira y la maledicencia). El fin no justifica los medios. Así, no se puede justificar la condena de un inocente como un medio legítimo para salvar al pueblo. Por el contrario una intención mala sobreañadida (como la vanagloria) convierte en malo un acto que, de suyo, puede ser bueno (como la limosna)" (Catecismo1753).
Rm3,9-20: San Pablo concluye lo que estuvo argumentando: El mundo entero es "esclavo del pecado" (Jn8,34). Tanto los paganos que no tienen ley, como los judíos que tienen "la Ley". "Porque en base a las observancias de la Ley no será justificado ningún mortal ante Dios (nadie tiene acceso al Padre). Además, si bien las Escrituras denuncian las injusticias de los paganos (no hay nadie bueno), también advierten a Israel. El fruto de la Ley es otro: nos hace conscientes del pecado. Teniendo consciencia de nuestros pecados debemos "arrepentirnos" (He2,38), "renunciar a nuestro mal camino" (Mt4,17). San Pablo, como buen obrero en la viña del Señor, comienza por "arrancar" (Jer1,10) la mala hierba antes de sembrar "la semilla de la Palabra" (Lc8,11). "[...] Pertenecéis al cuerpo universal, y ellos (los ministros) al cuerpo místico, colocados para alimentar vuestras almas, dándoos la sangre que recibís en los sacramentos administrados por ellos, sacando de vosotros las espinas del pecado mortal y plantándoos la gracia. Ellos son los trabajadores en la viña de vuestras almas, unidos a la viña de la santa Iglesia. Toda criatura racional tiene su propia viña, la de su alma, de la que cada uno es viñador con su voluntad y libre albedrío en el tiempo, esto es, mientras se vive. Mas después de pasado este tiempo no se puede hacer trabajo alguno, ni bueno ni malo; pero, mientras se vive, se puede trabajar la viña a la que le he enviado. El trabajador del alma ha recibido tanta fortaleza, que ni el demonio ni criatura alguna puede arrebatársela, si él no quiere; porque, al recibir el santo bautismo, se fortaleció y dio el cuchillo del amor a la virtud y aborrecimiento del pecado. El amor a la virtud y aborrecimiento del pecado los encuentra en la sangre, pues por amor a vosotros y odio al pecado murió mi Hijo unigénito, dándoos la sangre; por ella recibís la vida en el santo Bautismo. Tenéis, pues, el cuchillo, que debéis usar con libertad para arrancar las espinas de los pecados mortales y plantar las virtudes mientras tenéis tiempo. De otro modo no recibiréis el fruto de la sangre por medio de los trabajadores que he enviado a la santa Iglesia, de los que te dije que quitan el pecado mortal de la vida del alma y os dan la gracia al administraros la sangre de los sacramentos [...]" (El Diálogo23). Algunos protestantes utilizan la cita bíblica Rm3,11-12 para afirmar que el hombre después del pecado original quedó "totalmente corrompido, y que la regeneración precede a la fe" (total deprevación). Esta corrupción afectó la voluntad y el entendimiento (afirmando también, según los protestantes, que el hombre perdió su libre albedrío). "Por ser imagen de Dios, el hombre está dotado de libertad" (Catecismo1705). Dios lo creó en un estado de santidad y de justicia originales, y lo puso en el jardín del Edén. "[...] Esta gracia de la santidad original era una "participación" de la vida divina" (Catecismo375). "[...] La armonía interior de la persona humana, la armonía entre el hombre y la mujer, y, por último, la armonía entre la primera pareja y toda la creación constituía el estado llamado justicia original" (Catecismo376). El hombre "participaba" de la vida divina y vivía su libertad en el Edén. Dios, en su Divina Providencia, provee todo lo necesario para la vida de sus criaturas. "Creó las agua, que llenó de peces; sobre la tierra y bajo el firmamento, puso a las aves" (Gen1,20-21). "Y en la Tierra, puso al hombre" (Gen2,7). Así también, en las comunidades humanas, a dado a algunos el ser médicos, a otros el ser ingenieros, etc.; de manera que, cada uno, "libremente", hace lo que debe de acuerdo a su naturaleza. La capacidad que Dios nos da, es para el bien, y si lo usamos para el mal, pervertimos nuestra propia naturaleza abusando de nuestra libertad y alejándonos de Dios, pues estaríamos yendo en contra del propósito que nos dio el Creador, que es Bueno. "La libertad es el poder, radicado en la razón y en la voluntad, de obrar o de no obrar, de hacer esto o aquello, de ejecutar así por sí mismo acciones deliberadas. Por el libre arbitrio cada uno dispone de sí mismo. La libertad es en el hombre una fuerza de crecimiento y de maduración en la verdad y la bondad. La libertad alcanza su perfección cuando está ordenada a Dios, nuestra bienaventuranza" (Catecismo1731). "En virtud de su "alma" y de sus potencias espirituales de entendimiento y de voluntad, el hombre está dotado de libertad, signo eminente de la imagen divina" (GS17)" (Catecismo1705). Por el pecado, el hombre no perdió su "libre albedrío" (pues es imagen de Dios), sino "la capacidad de obrar el bien" (Rm7,22-23), pues se alejó del Supremo Bien (Dios), perdiendo su gracia, y por sí mismo no puede "obrar como Dios". Es decir, con sus obras (que ya no tienen mérito infinito, sino finito) no puede cumplir la Ley; pues está inclinado al mal. Y "el que falta a la Ley en un punto, falta a toda la Ley" (Stgo2,8-10). El mal uso de su capacidad (abusó de su libertad desobedeciendo a Dios) hirió su naturaleza inclinándola al mal (concupiscencia). "El hombre ciertamente murió" (Gen2,17), pero no totalmente (depravación total), sino espiritualmente. De lo contrario Adán no hubiese tenido descendencia. La reforma protestante deshumaniza al hombre afirmando que no tiene libre albedrío, contradiciendo lo que enseña la Iglesia: "El hombre, persuadido por el maligno, abusó de su libertad, desde el comienzo de la historia (GS13,1). Sucumbió a la tentación y cometió el mal. Conserva el "deseo del bien", pero su naturaleza lleva la "herida" del pecado original. Ha quedado "inclinado al mal" y sujeto al error [...]" (Catecismo1707). La muerte del hombre consistió en "perder la gracia de Dios" dejando de "participar en la vida divina" por el pecado. En la "Obra de Redención", Jesús, "Camino, Verdad y Vida" (Jn14,6), nos da: "el Espíritu Santo que recibimos en el Bautismo" (He2,38); haciéndonos "participar" en su propia vida, "capacitándonos" para ser "hijos de Dios" (Jn1,12). "Dios nos ha vuelto a crear en Cristo Jesús con miras a las "buenas obras" que Dios dispuso de antemano para que nos ocupáramos en ellas" (Ef2,10). No podíamos "obrar el bien" (cumplir la Ley), pero por la gracia de Dios "cumplimos toda la Ley amando a Dios y al prójimo" (Gal5,14). Y, así como puso a Adán en el jardín del Edén, así también a todos los que por la fe y el Bautismo nacemos de nuevo, nos reúne en su Iglesia. Así, San Pablo enseña: "Nuestra vocación, hermanos, es la libertad. No hablo de esa libertad que encubre los deseos de la carne, sino del amor por el que nos hacemos esclavos unos de otros" (Gal5,13). "En la medida en que el hombre hace mas el bien, se va haciendo también mas libre [...]" (Catecismo1733). En conclusión, el que hace el mal, abusando de su libertad y alejándose de Dios, pervierte sus capacidades, no las elimina. Así, "el que mira a una mujer con malos deseos, comete adulterio con ella en su corazón" (Mt5,27-28); no es que "pierda" la vista. Así también, en el pecado original el hombre "abusó de su libertad" (perdiendo la santidad y la justicia originales, quedando inclinado al mal) y no fue que "perdiera" su libre albedrío.
Rm3,21-22: Habiéndonos reconocidos culpables ante Dios, San Pablo proclama "la Buena Nueva". ...Dios nos hace justos sin hablar de la Ley... Las Escrituras (la Ley y los Profetas), por sí mismos, no pueden salvarnos; es necesario "la Gracia de Cristo" (Catecismo1999) de las que ellas "dan testimonio" (Jn5,39). "En cristo Jesús la ley del Espíritu de vida te ha liberado de la ley del pecado y de la muerte. Esto no lo podía hacer la Ley, por cuanto la carne era débil y no le respondía. Dios entonces quiso que su propio Hijo llevara esa carne pecadora; lo envió para enfrentar al pecado, y condenó el pecado en esa carne. Así, en adelante, la perfección que buscaba la Ley había de realizarse en los que no andamos por los caminos de la carne, sino por los del Espíritu" (Rm8,2-4). "Es por la fe y el Bautismo que formamos parte del pueblo de Dios" (Catecismo784), "del Cuerpo de Cristo que es la Iglesia" (Col1,24). "La fe por naturaleza es inseparable de la obediencia de la fe" (Catecismo144;145); "la fe sin obras no tiene sentido" (Stgo2,20). Viviendo según la fe, nuestra vida se reordena. "El Evangelio manifiesta como Dios nos hace justos por medio de la fe y para la vida de fe, como dice la Escritura: El que es justo por la fe vivirá" (Rm1,17). El primer hombre (Adán) por el pecado original perdió "la justicia y santidad originales" (Catecismo399;400). La justicia del nuevo Adán (Jesús) es la que recibimos por la fe y el Bautismo" (He2,38); en Jesús, somos "nuevas criaturas" (2Cor5,17). Dios nos reordena por la fe, parecido a lo escrito en el libro del Génesis: "En el principio, cuando Dios creó los cielos y la tierra, todo era "confusión"... Dijo Dios: "Haya luz", y hubo luz" (Gen1,1-3). Dice San Pablo: "El mismo Dios que dijo: Brille la luz en medio de las tinieblas, es el que se hizo luz en nuestros corazones, para que irradie la gloria de Dios tal como brilla en el rostro de Cristo" (2Cor4,6).
Rm3,23-26: "El pecado es una ofensa a Dios" (Catecismo1850) (Rm3,23); le corresponde a Dios perdonarlos. Él puede perdonarlos cuando quiera y a quien quiera; así, "su justicia no contradice su misericordia". Ha perdonado a la humanidad en Jesucristo, y nos llega su perdón cuando abrazamos a Jesucristo por "la fe y el Bautismo" (He2,38). Siendo miembros del cuerpo de Cristo, debemos trabajar en nuestra conversión. "La primera obra de la gracia del Espíritu Santo es la "conversión", que obra la justificación según el anuncio de Jesús al comienzo del Evangelio: "Convertíos porque el Reino de los cielos está cerca" (Mt4,17). Movido por la gracia, el hombre se vuelve a Dios y se aparta del pecado, acogiendo así el perdón y la justicia de lo alto. "La justificación entraña, por tanto, el perdón de los pecados, la santificación y la renovación del hombre interior" (Cc. de Trento: DS 1528)" (Catecismo1989).
Rm3,28-31: ...La persona es hecha justa por la fe, y no por el cumplimiento de la Ley. ¿Cuándo es hecha justa? Cuando cree en Jesús ante "la proclamación del mensaje cristiano" (Rm10,17) ("inseparable de la obediencia de la fe" Heb11,8). Así, "Abraham creyó a Dios el que lo tuvo en adelante por un hombre justo" (Gen15,6). Pero, si Abraham tuvo fe ¿por qué no nos abrió el camino al Padre? Porque si bien la fe es una "gracia de Dios", como dijo Jesús: "nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre que me envió [...]" (Jn6,44) (Mt16,17), antes de recibir el Bautismo es una "gracia actual". "La virtud teologal de la fe" (Catecismo1814), "la recibimos en el Bautismo" (Catecismo1253), que es cuando recibimos "la gracia santificante" (Catecismo1215; 1997), "el Espíritu Santo" (He2,38), el Espíritu de Cristo por el cual participamos del Hijo de Dios, llegando a ser "otros Cristos" (Rm8,29). Jesús con su "asención" nos abrió el camino al Padre, "el camino de justicia" (Jn16,10). Este creer (fe) en Jesús, no es un acto únicamente del entendimiento sino que involucra a toda la persona. "La fe por naturaleza es inseparable de la obediencia de la fe" (Catecismo144;145), "sin obras la fe no tiene sentido" (Stgo2,20). Pero este obrar de la fe, "que se arraiga en el amor" (Ef3,17), debe realizarse estando en gracia de Dios, habiendo recibido la "gracia santificante". De ahí la suma importancia del Bautismo como nacimiento a la vida en el Espíritu Santo, la vida eterna. Las obras de la Ley, "que cumplimos amando a nuestro prójimo" (Gal5,14), sin haber recibido la gracia santificante (el Espíritu Santo), no tienen mérito infinito (para la vida eterna). Pues la realiza el "hombre viejo", que desciende de Adán; en cambio, habiendo recibido el Espíritu Santo, las realiza "el hombre nuevo", "hermano de Cristo" (Rm8,29). Por eso, San Pablo dice: "Esto no lo podía hacer la Ley, por cuanto la carne es débil y no le respondía. Dios quiso que su propio Hijo llevara esa carne pecadora; lo envió para enfrentar al pecado, y condenó al pecado en esa carne. Así, en adelante, la perfección que buscaba la Ley había de realizarse en los que no andamos por los caminos de la carne, sino por los del Espíritu" (Rm8,3-4). Sin el Espíritu Santo, que recibimos en el Bautismo, nuestras obras no tienen mérito para la vida eterna pues no participan de Dios que es infinito, del "alfa y omega" (Apoc1,8); y también, nuestra carne sigue siendo débil, nos falta "la fuerza que viene de lo alto" (Lc24,49), para "convertirnos" (Catecismo1989). La fe no suprime la Ley sino que "toda la Ley se cumple en el amor al prójimo" (Gal5,4). Siendo necesario recibir a Cristo por la fe y el Bautismo.
CAPÍTULO 4
Rm4,1-5: "¿Qué fue lo "novedoso" en Abraham, padre de los judíos según la carne?" La fe. La Ley fue dada al pueblo de Israel; "pueblo que nació, porque Abraham "creyó" a Dios" (Rm4,17). Así también, "es por la fe en Jesús que somos hijos de Abraham" (Rm4,16). "Es por la fe y el Bautismo que formamos parte de la Iglesia" (1Cor12,27), "que es el cuerpo de Cristo" (Col1,24) y "el Nuevo Israel". "Abraham fue justo ante Dios, y si lo hubiera conseguido por sus obras, podría ostentar sus méritos, pero no los tiene ante Dios". San Pablo se refiere a los méritos de los hombres antes de Cristo (que nadie los tiene para ser salvo), y no después de "ser bautizados en Nombre de Dios" (Mt28,19), cuando "recibimos el Espíritu Santo y somos perdonados de nuestros pecados" (He2,38). Por el Espíritu Santo, estando en gracia, "nuestras buenas obras son las de Jesucristo" (Mt5,14-16). "Abraham creyó a Dios, quien se lo tomó en cuenta para hacerlo justo". Esta justicia no fue según la Ley, porque todavía no existía, sino "que es fruto de la fe" (Rm10,6-8). Abraham no tenía méritos antes de creer a Dios. ¿Y después?, tampoco. La fe antes del Bautismo no nos da la gracia santificante (por la cual nuestras buenas obras participan de las de Cristo quien tiene mérito infinito por ser Hijo de Dios) sino que es una gracia actual. Después de morir, ¿Abraham fue al Reino de los Cielos con el Padre? ¿O fue al "seno de Abraham" (Lc16,22), "al Paraíso de los justos" (Lc23,43), a la espera del Mesías que abriera "el camino al Padre" (Jn16,10; 20,17)? Así, vemos claramente el error en la doctrina protestante "sola fide", pues presupone una doctrina errada acerca de la gracia. "[...] Se debe distinguir entre la gracia habitual, disposición permanente para vivir y obrar según la vocación divina, y las gracias actuales, que designan las intervenciones divinas que están en el origen de la conversión o en el curso de la obra de la santificación" (Catecismo2000). San Pablo se refiere a los méritos para ser salvos y no a la "obediencia de la fe", como lo vemos en la carta a los Hebreos: "Por la fe Abraham, llamado por Dios, "obedeció" la orden de salir para un país que recibiría en herencia, y partió sin saber a donde iba" (Heb11,8). La fe es inseparable de la obediencia: "Obedecer ("ob-audire") en la fe, es someterse libremente a la palabra escuchada, porque su verdad está garantizada por Dios, la Verdad misma. De esta obediencia, Abraham es el modelo que nos propone la Sagrada Escritura. La Virgen María es la realización más perfecta de la misma"(Catecismo144). "La fe es ante todo una adhesión personal del hombre a Dios; es al mismo tiempo e inseparablemente el asentimiento libre a toda verdad que Dios ha revelado [...]" (Catecismo150). Acerca de "las obras que produce la fe" (Stgo2,17) (obediencia de la fe), el santo apóstol Santiago dice: "¿Será necesario demostrarte, si no lo sabes todavía, que la fe sin obras no tiene sentido? Abraham, nuestro padre, ¿no fue reconocido justo por sus obras cuando ofreció a su hijo Isaac sobre el altar? Ya ves que la fe acompañaba a sus obras, y por las obras su fe llegó a la madurez" (Stgo2,20-22). Es necesario diferenciar entre las obras que produce la fe, y el mérito de estas buenas obras estando en gracia de Dios habiendo recibido el Espíritu Santo en el Bautismo. Si Abraham hubiese tenido méritos ante Dios por las obras de su fe, nos hubiese abierto el camino al Padre. Pero, "es por la sangre de Jesús que fuimos reconciliados con Dios" (Ef2,16), cumpliéndose "la promesa hecha a Abraham, que fue fruto de la fe" (Rm4,13). El santo apóstol Santiago no se refiere a los méritos; sino, a que "la fe se demuestra por las obras" (Stgo2,18-19) (obediencia de la fe). Por eso, no hay contradicción con San Pablo cuando dice: "Cuando alguien ha realizado una obra o trabajo, no se le entrega el salario como un favor, sino como una deuda. Por el contrario, al que no puede presentar obras, pero cree en Aquel que hace justos a los pecadores, se le toma en cuenta su fe para hacerlo justo". Aquí, San Pablo, se refiere a "las obras que tengan "mérito" para ser salvos" (Rm4,2). Por la fe somos hijos de Abraham, pero los méritos son los de Jesucristo. Así, concebir la fe solo como un instrumento para recibir los beneficios de Jesús (doctrina protestante), creyendo que solo es necesario creer, "sin obrar" (sola fide), es contrario a lo que nuestro santo padre Abraham practicó, y el santo apóstol Santiago enseñó: "¿Tú crees que hay un solo Dios? Pues muy bien, pero eso lo creen también los demonios y tiemblan" (Stgo2,19). "Entiendan, pues, que uno llega a ser justo a través de las obras y no "solo por la fe" (Stgo2,24).
Rm4,6-12: Nuestras obras antes del Bautismo no tienen mérito para la vida eterna por encontrarnos apartados de "la gracia de Dios" por el pecado original. Pero, Dios nos perdona en su Hijo Jesucristo (que se hizo hombre) al recibirlo por la fe y el Bautismo. Y, habiendo sido bautizados, debemos obrar conforme a la gracia que hemos recibido; que, por realizarlas en el Espíritu Santo, tienen mérito para la vida eterna. No se toma en cuenta nuestros pecados sino nuestra fe en Jesús. Abraham creyó a Dios y recibió el rito de la circuncisión como un sello o como una señal (en su carne) de justicia por haber creído. En la "Nueva Alianza" los que creemos en Jesús recibimos "el sacramento del Bautismo" (Catecismo1213), que es el sello del Espíritu Santo ya no en nuestra carne sino en nuestra alma. Así, la circuncisión en la Antigua Alianza era figura del Bautismo en la Nueva Alianza. Si bien por el pecado original perdimos la santidad y justicia originales que Dios nos dio como "criaturas" suyas, ahora recibimos la justicia y santidad de Jesucristo que "nos capacita para ser hijos de Dios" (Jn1,12). Debemos "perseverar en la fe hasta la muerte" (Catecismo162), "trabajando en nuestra conversión" (Catecismo1989), luchando con "la inclinación al mal (concupiscencia) que quedó en nosotros a manera de prueba" (Catecismo1426). "¡Felices los que creen sin haber visto!" (Jn20,29).
Rm4,13-17: En el Bautismo recibimos "la promesa de bendición hecha por Dios a Abraham, que es el Espíritu Santo" (Gal3,14). Y lo recibimos por la fe. Todos los que creemos en Jesucristo somos hijos de Abraham "según la fe". Pues, Abraham llegó a ser padre de muchas naciones cuando creyó a Dios. La Ley solamente trae condena (en el Antiguo Testamento), porque "la carne era débil y no le respondía" (Rm8,3).
Rm4,18-25: Abraham "creyó y esperó"... No vaciló en su fe... Así también, nosotros, "debemos perseverar en nuestra fe" (Catecismo1426), debemos tener "firme nuestra esperanza en el Señor" (Heb10,23), para alcanzar la gloria eterna" (Rm5,2). Entraremos en la vida justa, llendo por "el camino de justicia" (Jn16,10) que "es Jesucristo" (Jn14,6), "siendo justos por la fe y por la vida de fe" (Rm1,17).
CAPÍTULO 5
Rm5,1-2: En el Antiguo Testamento "Abraham creyó a Yavé, el que lo tuvo en adelante por un hombre justo" (Gen15,6). En el Nuevo Testamento "creemos en Jesucristo el Hijo de Dios" (Jn20,28-29) "que se hizo hombre" (Jn1,14). Es "mediante la fe (creer) en Jesucristo que Dios nos reordena y hace justos" (Rm3,22). "La fe de la Iglesia la recibimos en el Bautismo" (Catecismo1253) junto con "el perdón de nuestros pecados y el Espíritu Santo" (He2,38). "Dios nos hace justos perdonando nuestros pecados por la sangre de Jesucristo y esto es obra de fe" (Rm3,25). "La promesa de bendición hecha por Dios a Abraham, que es el Espíritu Santo, la recibimos en Cristo Jesús por la fe" (Gal3,14). Por eso, Abraham no nos abrió el camino al Padre sino solo Jesucristo. "En Jesús, estamos en Paz con Dios, y con nuestros hermanos, por la fe" (Ef2,14-16). "Esta paz no es como la del mundo, no da lugar a la angustia ni al miedo" (Jn14,27); "es fruto del Espíritu Santo" (Catecismo1832). Por el Espíritu de Jesucristo, recibido en el Bautismo, participamos del Hijo de Dios; y, habiendo "muerto con Él, esperamos resucitar con Él a la vida eterna" (Rm6,8-9). "Nuestra esperanza es la gloria eterna con Jesucristo" (2Tes2,14).
Rm5,3-5: Las tribulaciones a las que se refiere San Pablo son las de "la prueba de la fe", no es un llamado a volver a Dios en medio del castigo, como en el Antiguo Testamento cuando el "Profeta llamaba al pueblo a volver a Dios después de haber pecado con los ídolos" (Jl1,12-14). En este caso San Pablo se refiere a "padecer por el Evangelio" (Filip1,27-30) (2Tim1,8) como dice la Escritura: "si te has decidido a servir al Señor, prepárate para la prueba. Conserva recto tu corazón y se decidido, no te pongas nervioso cuando vengan las dificultades. Apégate al Señor, no te apartes de Él; si actúas así, arribarás a buen puerto al final de tus días" (Sir2,1-3). "Después de una corta prueba recibirán grandes recompensas. Si, Dios los puso a prueba y los encontró dignos de Él. Los probó como al oro en el horno donde se funden los metales, y los aceptó como una ofrenda perfecta" (Sab3,5-6). Dice el Señor: "Si el mundo los odia, sepan que antes me odió a mí" (Jn15,18). "Acuérdense de lo que les dije: el servidor no es más que su patrón. Si a mí me han perseguido, también los perseguirán a ustedes [...]" (Jn15,20). "La prueba ejercita la paciencia". "Feliz el hombre que soporta pacientemente la prueba, porque, después de probado, recibirá la corona de vida que el Señor prometió a los que lo aman. Que nadie diga en el momento de la prueba: Dios me manda la prueba. Porque Dios está a salvo de todo mal y tampoco manda pruebas a ninguno. Cada uno es tentado por su propio deseo, que lo arrastra y lo seduce; el deseo concibe y da a luz el pecado; el pecado crece y, al final, engendra la muerte" (Stgo1,12-15). "[...] Hija, esto quiero: que busques agradarme a mí, la Verdad, por medio del hambre de la salvación de las almas. Pero ni él ni otro alguno la podrá poseer sin muchas persecuciones, en la medida en que yo se las concediere. Porque deseáis ver mi honor en la santa Iglesia, por eso debéis concebir amor al deseo de sufrir con verdadera paciencia. De este modo entenderé que él, tú y los otros servidores míos buscáis mi honor de verdad. Entonces será él un hijo mío muy querido, y él y los otros reposarán sobre el pecho de mi Hijo unigénito, del que he hecho puente para que todos podáis alcanzar vuestro fin y recibir el fruto de cada uno de los trabajos sufridos por mi amor. Por tanto, sufrid varonilmente" (Diálogo20). "Por tanto, el árbol de la caridad se alimenta de la verdadera humildad, haciendo brotar de su interior el retoño, como te he dicho. La médula de ese árbol, o sea, el afecto de la caridad que se halla en el alma, es la "paciencia". Esta es una señal que manifiesta que se halla en el alma y que ésta se halla unida a mí [...]" (Diálogo10). "La paciencia es fruto del Espíritu Santo" (Catecismo1832). La paciencia hace madurar... "Hermanos, considérense afortunados cuando les toca soportar toda clase de pruebas. Esta "puesta a prueba de la fe" desarrolla la capacidad de soportar, y la capacidad de soportar debe llegar a ser perfecta, si queremos ser perfectos, completos, sin que nos falte nada" (Stgo1,2-4). Vencer las dificultades, habiéndonos aferrado a Dios que nos sostiene" (Rm14,4) en medio de las pruebas, aviva nuestra esperanza de "resucitar con Jesucristo" (Rm6,8-9), de recibir la misma Gloria de Dios, pues ya hemos recibido (en el Bautismo) el "anticipo de la vida eterna que es el Espíritu Santo" (1Cor1,13-14). "La caridad es fruto del Espíritu Santo" (Catecismo1832).
Rm5,6-11: San Pablo, "mensajero de la reconciliación" (2Cor5,18), resalta el amor de Dios en el sacrificio de Jesús, que nos consigue la reconciliación, cuando todavía éramos pecadores. El amor de Dios brilla en la oscuridad de nuestros pecados. Y si con su muerte nos dio vida, con mucha más razón su vida (habiendo resucitado), será nuestra plenitud; la vida eterna.
Rm5,12-14: Si un solo hombre hizo entrar el pecado en el mundo, tuvo que haber sido el primer hombre en la tierra. Así, a sus descendientes se les transmite la naturaleza caída (por el pecado) del primer hombre. El pecado original "[...] es un pecado que será transmitido por propagación a toda la humanidad, es decir, por la transmisión de una naturaleza humana privada de la santidad y de la justicia originales. Por eso, el pecado original es llamado "pecado" de manera análoga: es un pecado "contraído", "no cometido", un estado y no un acto" (Catecismo404). Aunque no había Ley todavía (la Ley que Dios les dio en el Sinaí), y no se podía inculpar al pecador, el pecado ya estaba en el mundo. " El pecado es una ofensa a Dios: "Contra tí, contra tí solo he pecado, lo malo a tus ojos cometí" (Sal51,6). El pecado se levanta contra el amor que Dios nos tiene y aparta de El nuestros corazones. Como el primer pecado, es una desobediencia, una rebelión contra Dios por el deseo de hacerse "como dioses", pretendiendo conocer y determinar el bien y el mal (Gen3,5). El pecado es así "amor de sí hasta el desprecio de Dios" (San Agustín,civ,1,14,28). Por esta exaltación orgullosa de sí, el pecado es diametralmente opuesto a la obediencia de Jesús que realiza la salvación (cf Filip2,6-9)" (Catecismo1859). "El pecado es una falta contra la razón, la verdad, la conciencia recta; es faltar al amor verdadero para con Dios y para con el prójimo, a causa de un apego perverso a ciertos bienes. Hiere la naturaleza del hombre y atenta contra la solidaridad humana. Ha sido definido como "una palabra, un acto o deseo contrarios a la ley eterna" (San Agustín, Faust, 22,27; S, Tomás de A., s. th., 1-2,71,6)" (Catecismo1849). Por nuestra naturaleza inclinada al mal éramos "esclavos del pecado" (Jn8,34) "y nuestras obras daban frutos de muerte" (Rm6,21). El maligno, en su astucia, no tentó "al varón imagen y reflejo de Dios, sino a la mujer, reflejo del hombre" (1Cor11,7). No nació de Adán el desobedecer a Dios, sino "en complicidad con Eva" (Gen3,17). "Está escrito que el primer Adán era hombre dotado de aliento y vida; el último Adán, en cambio, viene como espíritu que da vida" (1Cor15,45). "[...] San Pablo nos dice que dos hombres dieron origen al género humano, a saber, Adán y Cristo [...] El primer hombre, Adán, fue un ser animado; el último Adán, un espíritu que da vida. Aquel primerAdán fue creado por el segundo, de quien recibió el alma con la cual empezó a vivir [...] El segundo Adán es aquel que, cuando creó al primero, colocó en él su divina imagen. De ahí que recibiera su naturaleza y adoptara su mismo nombre, para que aquel a quien había formado a su misma imagen no pereciera. El primer Adán es, en realidad, el nuevo Adán; aquel primer Adán tuvo principio, pero este último Adán no tiene fin. Por lo cual, este último es, realmente, el primero, como él mismo afirma: "Yo Soy el primero y yo soy el último" (S. Pedro Crisólogo, serm. 117)" (Catecismo359).
Rm5,15-17: No hay comparación entre el pecado que heredamos del primer Adán y el don de Dios, que es el Espíritu Santo, que recibimos en el Bautismo por la fe en Jesucristo, el nuevo Adán. En el Bautismo "son perdonados nuestros pecados" (He2,38) y "nacemos de nuevo desde arriba" (Jn3,3); "renacemos del agua y del Espíritu" (Jn3,5-6). "En Jesucristo somos nuevas criaturas" (2Cor5,17). Al recibir el Espíritu Santo estamos recibiendo "el anticipo de la vida eterna" (2Cor1,13-14) que es "nuestra herencia" (Mt19,29). Por eso, en el Bautismo morimos con Jesús a la carne; "somos sumergidos en su muerte" (Rm6,3). "Por este Bautismo en su muerte fuimos sepultados con Cristo, y así como Cristo fue resucitado de entre los muertos por la Gloria del Padre, así también nosotros empezamos una vida nueva. Si la comunión en su muerte nos injertó en Él, también compartiremos su resurrección" (Rm6,4-5). La muerte fue vencida. "¿Dónde está muerte tu aguijón?" (1Cor15,55). En el Reino de los Cielos "Jesús es el Rey" (Jn18,36). Y reinarán con Él los que aprovechan el "derroche de la gracia", que es el Espíritu Santo, y "el don de la fe", "mediante el cual Dios nos hace justos" (Rm3,22). Es decir, por la fe y el Bautismo.
Rm5,18-19: Por la desobediencia de Adán fuimos "expulsados del jardín del Edén" (Gen3,23), y por la obediencia de Jesús, que "se rebajó a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz" (Filip2,8), "Dios reúne en su Iglesia (por la fe y el Bautismo Mc16,15-16) a los que han de salvarse" (He2,46-47).
Rm5,20-21: "[…] El fruto de la Ley es hacernos conscientes del pecado" (Rm3,20). Pero, donde abundó el pecado (Antiguo Testamento), sobre abundó la gracia (Nuevo Testamento). La sobreabundancia de la gracia se refiere al "Espíritu Santo que recibimos en el Bautismo, cuando son perdonados nuestros pecados, por la fe en Jesús" (He2,38). "La Gracia es, ante todo y principalmente, el don del Espíritu que nos justifica y nos santifica […]" (Catecismo2003). San Pablo se refiere al Espíritu Santo cuando habla de "la gracia" o "del don de la promesa hecha por Dios a Abraham" (Gal3,14). Y se refiere a "la fe" cuando habla del "don de la justicia". Si éramos "esclavos del pecado" (Jn8,34) en su reino de muerte, ahora "somos libres" (Lc4,18-19) (Jn8,32) en el reino de Jesucristo que empieza en la tierra en su Iglesia, la Iglesia Católica. Si bien reinó "el pecado del hombre", ahora reina "el auxilio de Dios" (Catecismo1996), su Verbo: "Jesucristo y su Espíritu Santo" (Catecismo1999; 2003). Por la fe en Jesús (la fe es una gracia Mt16,17) somos hechos "justos" en el Bautismo cuando recibimos "el perdón de nuestros pecados, el Espíritu Santo" (He2,38) y "la fe de la Iglesia" (Catecismo1253). "La Iglesia es la primera que cree, y así conduce, alimenta y sostiene mi fe. La Iglesia es la primera que, en todas partes, confiesa al Señor ("Te per orbem terrarum santa confiteur Ecclsia", cantamos en el Te Deum), y con ella y en ella somos impulsados y llevados a confesar también: "creo", "creemos". Por medio de la Iglesia recibimos la fe y la vida nueva en Cristo por el Bautismo. En el Ritual Romanum, el ministro del Bautismo pregunta al catecúmeno: "¿Qué pides a la Iglesia de Dios?" Y la respuesta es: "La fe", "¿Qué te da la fe?" "La vida eterna" (Catecismo168). La fe antes del Bautismo es una gracia actual no habitual o santificante. Dios concede a las personas creer en Jesucristo ante la predicación del Evangelio, pero es en el Bautismo (cuando recibimos el Espíritu Santo, la gracia santificante) que recibimos "la fe de la Iglesia" (Catecismo1253). En el Bautismo recibimos "el don de la promesa hecha por Dios a Abraham" (Gal3,14). Abraham no nos abrió el camino al Padre sino solo Jesucristo.
CAPÍTULO 6
Rm6,1-5: Por el Bautismo morimos con Jesús a la carne, pues recibimos el Espíritu Santo (donde está el Espíritu de Dios hay libertad 2Cor13,17); y con Él, empezamos una nueva vida "en el Espíritu" (Rm8,4); así como Cristo fue resucitado de entre los muertos por la Gloria del Padre. Entonces, ¿cómo volveremos al pecado? "Y si estos, que se habían liberado de los vicios del mundo por el conocimiento del Señor y Salvador Jesucristo, vuelven a esos vicios y se dejan dominar por ellos, su situación actual resulta peor que la primera. Más les valdría no haber conocido los caminos de la santidad que, después de haberlos conocido, apartarse de la santa doctrina que les fue enseñada. Se les aplica con razón lo que dice el proverbio: El perro vuelve a su vómito y el cerdo lavado se revuelca en el barro" (2Pe2,20-22).
Rm6,6-14: Si antes éramos "esclavos de la ley del pecado que está en nuestros miembros" (Rm7,23-24), ahora somos miembros libres del "cuerpo de Cristo que es la Iglesia" (Col1,24) (1Cor12,12-31). Si la fuerza del pecado nos tenía sometidos por nuestros miembros, "la fuerza que viene de lo alto, el Espíritu Santo" (Lc24,49), nos ha liberado, pues "donde está el Espíritu del Señor hay libertad" (2Cor3,17). Así, el reinado de Jesucristo es libertad para el hombre. Hemos muerto al pecado y vivimos para Dios. "Nuestra vida es Jesucristo" (Col3,3-4). "La conversión a Cristo, el nuevo nacimiento por el Bautismo, el don del Espíritu Santo, el Cuerpo y la Sangre de Cristo recibidos como alimento nos han hecho "santos e inmaculados ante Él" (Ef1,4), como la Iglesia misma, esposa de Cristo, es "santa e inmaculada ante Él" (Ef5,27). Sin embargo, la vida nueva recibida en la iniciación cristiana no suprimió la fragilidad y debilidad de la naturaleza humana, ni la inclinación al pecado que la tradición llama concupiscencia, y que permanece en los bautizados a fin de que sirva de prueba en ellos en el combate de la vida cristiana ayudados por la gracia de Dios (cf DS1515). Esta lucha es la de la conversión con miras a la santidad y la vida eterna a la que el Señor no cesa de llamarnos (cf DS1545; LG 40)" (Catecismo1426). "Jesús llama a la conversión. Esta llamada es una parte esencial del anuncio del Reino: "El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva" (Mc1,15). En la predicación de la Iglesia, esta llamada se dirige primeramente a los que no conocen todavía a Cristo y su Evangelio. Así. el Bautismo es el lugar principal de la conversión primera y fundamental. Por la fe en Jesús, que anuncia la Buena Nueva, y por el Bautismo (cf He2,38), se renuncia al mal y se alcanza la salvación; es decir, la remisión de todos los pecados y el don de la vida nueva" (Catecismo1427). "El corazón del hombre es rudo y endurecido. Es preciso que Dios dé al hombre un corazón nuevo (cf Ez36,26-27). La conversión es primeramente una obra de la gracia de Dios que hace volver a él nuestros corazones: "Conviértenos, Señor, y nos convertiremos" (Lc5,21). Dios es quien nos da la fuerza para comenzar de nuevo. Al descubrir la grandeza del amor de Dios, nuestro corazón se estremece ante el horror y el peso del pecado y comienza a temer ofender a Dios por el pecado y verse separado de Él. El corazón humano se convierte mirando al que nuestros pecados traspasaron (cf Jn19,37; Za 12,10). Tengamos los ojos fijos en la sangre de Cristo y comprendamos cuán preciosa es a su Padre, porque, habiendo sido derramada para nuestra salvación, ha conseguido para el mundo entero la gracia del arrepentimiento (S. Clem. Rom. Cor 7,4)" (Catecismo1432).
Rm6,15-16: "Los deseos de nuestra carne se oponen a los de nuestro espíritu" (Gal5,16-17). Si estamos bajo la gracia debemos "dejarnos guiar por el Espíritu Santo" (Gal5,18). "Nuestra vocación es la verdadera libertad, no la que encubre los deseos de la carne, sino del amor por el que nos hacemos esclavos unos de otros" (Gal5,13). "El pecado no nos volverá a dominar".
Rm6,17-18: "En el Bautismo todos nos entregamos a Cristo" (Gal3,27). la "fe" por naturaleza es inseparable de la "obediencia de la fe"; pues si hemos creído en "la Revelación", "debemos someter nuestra inteligencia y voluntad" (Catecismo142;143;144). "Por la fe Abrahán, llamado por Dios, obedeció la orden de salir para un país que recibiría en herencia, y partió sin saber adonde iba" (Heb11,8). "¿Qué camino de justicia? Mi partida hacia el Padre, ustedes ya no me verán" (Jn16,10). Dice Jesús: "Para ir a donde yo voy, ustedes ya conocen el camino... Yo Soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí" (Jn14,4-6). Andamos por este camino por la fe en Jesús. "[...] Se nos tomará en cuenta nuestra fe en Aquel que resucitó de entre los muertos a Jesús, nuestro Señor. Si bien fue entregado por nuestros pecados, fue resucitado para que entráramos a la vida justa" (Rm4,24-25). Por eso Jesús les decía a los fariseos: "Ustedes me buscarán, pero no me encontrarán, porque ustedes no pueden venir donde yo estoy" (Jn7,34). Los fariseos no creían en Jesús. "[...] Si ustedes no creen que Yo Soy, morirán en sus pecados" (Jn8,24).
Rm6,19-23: El hombre viejo es dominado por los deseos de la carne, pero fue crucificado con Cristo. Ahora, debemos convertirnos de sus malas inclinaciones pues "ya no andamos por los caminos de la carne sino por los del Espíritu" (Rm8,4). La santificación: "Todos los fieles, de cualquier estado o régimen de vida, son llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad" (LG40). Todos son llamados a la santidad: "Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto" (Mt5,48): Para alcanzar esta perfección, los creyentes han de emplear sus fuerzas, según la medida del don de Cristo, para entregarse totalmente a la gloria de Dios y al servicio del prójimo. Lo harán siguiendo las huellas de Cristo, haciéndose conforme a su imagen, y siendo obedientes en todo a la voluntad del Padre. De esta manera, la santidad del Pueblo de Dios producirá frutos abundantes, como lo muestra claramente en la historia de la Iglesia la vida de los santos (LG40)" (Catecismo2013). "El camino de la perfección pasa por la cruz. No hay santidad sin renuncia y sin combate espiritual (cf 2Tim4). El progreso espiritual implica la ascesis y la mortificación que conducen gradualmente a vivir en la paz y el gozo de las bienaventuranzas: El que asciende no cesa nunca de ir de comienzo en comienzo mediante comienzos que no tienen fin. Jamás el que asciende deja de desear lo que ya conoce (S. Gregorio de Nisa, hom. in Cant. 8)" (Catecismo2015). "[...] La justificación entraña por tanto, el perdón de los pecados, la santificación y la renovación del hombre interior" (Cc de Trento: DS 1528)" (Catecismo1989). "Los hijos de la Santa Madre Iglesia esperan justamente la gracia de la perseverancia final y de la recompensa de Dios, su Padre, por las obras buenas realizadas con su gracia en comunión con Jesús (cf Cc de Trento: DS 1576). Siguiendo la misma norma de vida, los creyentes comparten la "bienaventurada esperanza" de aquellos a los que la misericordia divina congrega en la "Ciudad Santa, la nueva Jerusalén, que baja del cielo, de junto a Dios, engalanada como una novia ataviada para su esposo" (Apoc21,2)" (Catecismo2016).
CAPÍTULO 7
Rm7, 1-6: "Les hablaré hermanos, como a gente instruida en la Ley..." Todos los judíos conocían la Ley, pero solo Jesús pudo cumplirla. "Jesús murió el viernes habiendo cumplido toda la Ley y los Profetas" (Jn19,30). Luego, en espíritu, "fue a predicar a los espíritus encarcelados del tiempo de Noé" (1Pe3,19); y "resucitó el domingo" (Mc16,1-6). Y en su ascensión, "llevó cautivos" (Ef4,8); "nos abrió el camino al Padre" (Mt27,51; Heb10,20; Jn14,6), "el camino de justicia" (Jn16,10). Al morir Jesús en su carne, murió a la Ley; pues ésta, "solo tiene autoridad sobre las personas mientras viven" (Rm7,1). "Y resucitó de entre los muertos por la Gloria del Padre" (Rm6,4). "Es por la fe en Jesús, y no por el cumplimiento de la Ley, que entramos en el descanso de Dios que es la vida eterna" (Heb4,1-11). "Por el Espíritu Santo que recibimos en el Bautismo" (He2,38), "formamos parte del cuerpo de Cristo" (1Cor12,27), "que es la Iglesia" (Col1,24). "El Espíritu Santo es el anticipo de nuestra herencia" (Ef1,14), "que es la vida eterna" (Mt19,29). Nosotros, al recibir el Espíritu Santo, hemos muerto a nuestra carne y a la Ley, y "pasamos a pertenecer al que resucitó a fin de que demos fruto para Dios" (Rm7,4). "Por el Bautismo entramos en comunión con la muerte de Jesús y participaremos también de su resurrección" (Rm6,3-5). Ya no vivimos según la carne y ya no somos dominados por "las pasiones propias del pecado, produciendo frutos de muerte"; "el hombre viejo ha sido crucificado con Cristo" (Rm6,6). "[...] Dios quiso que su propio Hijo llevara esa carne pecadora; lo envió para enfrentar al pecado, y condenó el pecado en esa carne. Así, en adelante, la perfección que buscaba la Ley había de realizarse en los que no andamos por los caminos de la carne, sino por los del Espíritu" (Rm8,3-4). "Dios nos llama a compartir su Gloria" (Rm5,2).
Rm7, 7-8: "...Yo no habría conocido el pecado si no fuera por la Ley. Yo no tendría conciencia de lo que es codiciar si la Ley no me hubiera dicho: No codiciarás. "El fruto de la Ley es hacernos conscientes del pecado" (Rm3,20). "[...] Para hacer su obra, la gracia debe descubrir el pecado para convertir el corazón y conferirnos "la justicia para la vida eterna por Jesucristo nuestro Señor" (Rm5,20-21). Como un médico que descubre la herida antes de curarla, Dios, mediante su palabra y su Espíritu, proyecta una luz viva sobre el pecado: La conversión exige el reconocimiento del pecado, y este, siendo una verificación de la acción del Espíritu de la verdad en la intimidad del hombre, llega a ser al mismo tiempo el nuevo comienzo de la dádiva de la gracia y el amor: "Recibid el Espíritu Santo". Así, pues, en este "convencer en lo referente al pecado" descubrimos una "doble dádiva": el don de la verdad de la conciencia y el don de la certeza de la redención. El Espíritu de la verdad es el Paráclito (DeV31)" (Catecismo1848). Así, "la Ley nos conducía a Cristo, para que creyéramos y así fuéramos justos" (Gal3,24) (Rm10,4).
Rm7, 9-13: "Hubo un tiempo en que no había Ley, y yo vivía. Pero llegó el precepto, dio vida al pecado y yo morí..." San Pablo no se refiere a que la muerte entrara en el mundo por la Ley, pues dijo: "por el pecado de Adán entró la muerte en el mundo" (Rm5,12); sino: "[...] Mientras no había Ley, no se podía inculpar al pecador..." (Rm5,13). "Al sobrevenir la Ley, se multiplicaron los delitos..." (Rm5,20). "El pecado que está en mis miembros" (Rm7,23), "se aprovechó del precepto para darme muerte" (Rm7,11).
Rm7, 14-25: "La Ley es espiritual, pero yo soy hombre de carne y vendido al pecado". "Ahora bien, si hago lo que no quiero, reconozco que la Ley es buena". Entonces, ¿Cuál es el bien que no podemos hacer según San Pablo? "Cumplir la Ley". Cuando al pueblo de Israel se le dio la Ley por medio de Moisés, se le dijo: "Quien la cumpla, hallará por ella la vida" (Rm10,5). A diferencia del "fruto de la Ley" que nos hace conscientes del pecado, "la finalidad de la Ley era la de ser justos a los ojos de Dios" (Rm9,31). San Pablo diferencia entre esta justicia y "la justicia que es fruto de la fe" (Rm10,5-6). Entonces, ¿Cuál era la vida que alcanzaban por la Ley? Los "justos" del Antiguo Testamento, los que cumplían la Ley "en lo que tiene peso: la justicia, la misericordia y la fe, sin descartar las observancias" (Mt23,23-24), después de muertos iban al "seno de Abraham" (Lc16,22), "al paraíso de los justos" (Lc23,43). Pero, a pesar de no haber sido condenados, "no tenían la visión de Dios" (Catecismo633), pues nadie podía ir al "Reino de los Cielos" (Mt4,17), "con el Padre" (Jn20,17). Para esto, "Jesús nos abrió el camino" (Mt27,51; Heb10,20; Jn14,6). Por eso, San Pablo dice de los judíos: "No entienden como Dios nos da la "verdadera justicia" y se empeñan en construir la suya, y por esta razón no hicieron caso al camino de Dios. Porque la Ley lleva a Cristo, y es entonces cuando por la fe se llega a ser justo" (Rm10,3-4). Nadie podía hacer el bien: "Cumplir la Ley", tampoco tenían acceso al Padre, porque hemos heredado de Adán "la esclavitud del pecado" (Jn8,34; Gal4,24-25), "la ley del pecado que está en nuestros miembros" (Rm7,23) (no se refiere a que no tengamos libre albedrío). "El que falta a la Ley en un punto, falta a toda la Ley" (Stgo2,10), "maldito el que no cumple toda la Ley" (Gal3,10). Por tanto, la Ley no podía hacernos justos, no porque sea mala; sino, "porque la carne es débil y no le respondía" (Rm8,3). Es por la fe en Jesús, en el Espíritu Santo, que "cumplimos toda la Ley amando a nuestro prójimo" (Gal5,14). "La promesa hecha por Dios a Abraham, o mas bien a su descendencia de que el mundo le pertenecería, no era fruto de la Ley, sino de la nueva "justicia que procura la fe" (Rm4,13). "Por eso la fe es el camino, y todo es don [...]" (Rm4,16). "Jesús es el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por Él" (Jn14,6). "¡Gracias sean dadas a Dios por Jesucristo nuestro Señor!".
CAPÍTULO 8
Rm8,1-4: Por el pecado de Adán el hombre quedó "herido en su naturaleza, inclinado al mal" (Catecismo407), "sometido a la ley del pecado que está en sus miembros" (Rm7,23), pero el Señor nos liberó desde nuestro interior. Para vencer esta "inclinación al mal o concupiscencia" (Catecismo405), el Señor nos dio su Espíritu Santo que recibimos en el Bautismo por la fe. Es por la "fe y el Bautismo" que formamos parte de la Iglesia de Jesucristo, que es su cuerpo, y que es la Iglesia Católica. Así, "mediante la fe en Jesucristo Dios "reordena" y hace justos a todos los que llegan a la fe" (Rm3,22). Dios nos "reforma" (Rm3,26) mediante la fe (que es inseparable de la "obediencia de la fe"). No se trata de aprender matemáticas leyendo un libro (que sería la Biblia). La transmisión de la Revelación de Dios, hecha en Jesucristo ("el Verbo de Dios hecho carne" Jn1,14), y confiada a la Iglesia por medio de los apóstoles, comprende la enseñanza de la Palabra, su práctica y su culto. "La Iglesia transmite a todas las edades, por la Sagrada Tradición, continuada en la "sucesión apostólica", lo que "es" y lo que "cree" (Catecismo78). "El Evangelio manifiesta como Dios nos hace justos por medio de la fe y para la vida de fe, como dice la Escritura: El que es justo por la fe vivirá" (Rm1,17). "La fe es un don gratuito que Dios hace al hombre. Este don inestimable podemos perderlo; S. Pablo advierte de ello a Timoteo: "Combate el buen combate, conservando la fe y la conciencia recta; algunos, por haberla rechazado, naufragaron en la fe" (1Tim1,18-19). Para vivir, crecer y perseverar hasta el fin en la fe debemos alimentarla con la Palabra de Dios; debemos pedir al Señor que la aumente (cf. Mc9,24; Lc17,5;22,32); debe "actuar por la caridad" (Ga5,6; cf. St 2,14-26), ser sostenida por la esperanza (cf. Rm15,13) y estar enraizada en la fe de la Iglesia" (Catecismo162). Jesús, enviado por Dios, llevó nuestra carne pecadora, venció al pecado y nos liberó. Así, en adelante la perfección que buscaba la ley se realiza en los que andamos por los caminos del Espíritu (habiendo sido bautizados) y no de la carne (donde no es necesario el Bautismo).
Rm8,5-11: San Pablo cuando habla acerca de la vida según la carne, se refiere al hombre viejo que es terrenal, "descendiente de Adán" (Rm5,12) y que es idólatra. "Por tanto, hagan morir en ustedes lo que es "terrenal", es decir, libertinaje, impureza, pasión desordenada, malos deseos y el amor al dinero, que es una manera de servir a los ídolos... No se mientan unos a otros: ustedes se despojaron del hombre viejo y de sus vicios" (Col3,5-9). Y cuando habla de vivir según el Espíritu se refiere al "hombre nuevo que no cesa de renovarse a imagen de su Creador hasta alcanzar el perfecto conocimiento" (Col3,10), "del Padre y del Hijo" (Jn17,3), "en Jesucristo" (Rm5,15-17) (Col3,11), el nuevo Adán, en quien somos "nuevas criaturas" (1Cor15,45-49) (2Cor5,17). "En el Bautismo nos entregamos a Cristo" (Gal3,27) y "recibimos el Espíritu Santo" (He2,38). Nuestro espíritu es santificado y guiado por el Espíritu Santo que habita en nosotros, del cual "somos templo" (1Cor6,19-20). El Espíritu Santo permanece en nosotros (estado de gracia) mientras no caigamos en pecado mortal, pues el pecado mortal nos aparta de la gracia de Dios (gracia santificante) siendo necesario "la confesión" (Catecismo de San Pio X 546). La Doctrina Cristiana enseñada por Jesucristo comprende: el Credo, los Sacramentos, los Mandamientos y la Oración. Acerca de los Sacramentos el Catecismo de San Pio X enseña: 519.- ¿Qué se entiende por la palabra SACRAMENTO? - Por la palabra Sacramento se entiende un signo sensible y eficaz de la gracia, instituido por Jesucristo para santificar nuestras almas. 520.- ¿Por qué llamáis a los sacramentos señales sensibles y eficaces de la gracia? - Llamo a los sacramentos señales sensibles y eficaces de la gracia, porque todos los sacramentos significan, por medio de cosas sensibles, la gracia divina que producen en nuestras almas. 521.- ¿Explicadme con un ejemplo cómo los sacramentos son señales sensibles y eficaces de la gracia? - En el Bautismo, el derramar el agua sobre la cabeza del niño y las palabras: Yo te bautizo, esto es, yo te lavo, en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, son una señal sensible de los que el Bautismo obra en el alma, porque así como el agua lava el cuerpo, así también la gracia divina del Bautismo limpia de pecado el alma. 522.- ¿Cuántos y cuáles son los sacramentos? - Los sacramentos son siete: Bautismo, Confirmación o Santo Crisma, Eucaristía, Penitencia, Extremaunción, Orden Sacerdotal y Matrimonio. 523.- ¿Qué cosas se requieren para un sacramento? - Para un sacramento se requieren la materia, la forma, el ministro y el sujeto. El ministro ha de tener intención de hacer lo que hace la Iglesia. 524.- ¿Qué es la materia del sacramento? - La materia del sacramento es la cosa sensible que para él se emplea, como, por ejemplo, el agua natural en el Bautismo; el óleo y el bálsamo en la Confirmación. 525.- ¿Qué es la forma del sacramento? - La forma del sacramento son las palabras que para hacerlo se profieren. 526.- ¿Quién es el ministro del sacramento? - El ministro del sacramento es la persona que hace o confiere el sacramento. 526 .- ¿Quién es el sujeto en el sacramento? - El sujeto en el sacramento es la persona que lo recibe. 527.- ¿Qué es la gracia? - La gracia de Dios es un don interno, sobrenatural, que se nos da, sin ningún merecimiento nuestro, por los méritos de Jesucristo, en orden a la vida eterna. 528.- ¿De cuántas maneras es la gracia? - La gracia es de dos maneras: gracia santificante, que se llama también habitual, y gracia actual. 529.- ¿Qué es la gracia santificante? - La gracia santificante es un don sobrenatural, inherente a nuestra 47 alma, que nos hace justos, hijos adoptivos de Dios y herederos de la gloria. 530.- ¿De cuántas maneras es la gracia santificante? - La gracia santificante es de dos maneras: gracia primera y gracia segunda. 531.- ¿Cuál es la gracia primera? - Gracia primera es aquélla por la que el hombre pasa del estado de pecado mortal al estado de justicia. 532.- ¿Cuál es la gracia segunda? - Gracia segunda es un aumento de la gracia primera. 533.- ¿Qué es la gracia actual? - Gracia actual es un don sobrenatural que ilumina nuestro entendimiento y mueve y conforta nuestra voluntad para que obremos el bien y nos abstengamos del mal. 534.- ¿Podemos resistir a la gracia de Dios? - Sí, señor; podemos resistir a la gracia de Dios, porque no destruye nuestro libre albedrío. 535.- ¿Podemos con nuestras solas fuerzas hacer algo que nos ayude para la vida eterna? - Sin el socorro de la gracia de Dios no podemos con solas nuestras fuerzas hacer ninguna cosa que nos ayude para la vida eterna. 536.- ¿Cómo nos comunica Dios la gracia? - Dios nos comunica la gracia principalmente por medio de los Santos Sacramentos. 537.- ¿Confieren los sacramentos otra gracia además de la santificante? - Los sacramentos, además de la gracia santificante, confieren también la gracia sacramental. 538.- ¿Qué es la gracia sacramental? - La gracia sacramental consiste en el derecho que el sacramento da al que lo recibe de tener en tiempo oportuno las gracias actuales necesarias para cumplir las obligaciones que impone. Así, cuando fuimos bautizados, recibimos el derecho de tener las gracias para vivir cristianamente. 539.- Los sacramentos, ¿dan siempre la gracia a quien los recibe? - Los sacramentos dan siempre la gracia con tal que se reciban con las necesarias disposiciones. 540.- ¿Quién ha dado a los sacramentos la virtud de conferir la gracia? - La virtud que tienen los sacramentos de conferir la gracia se la ha dado Jesucristo con su pasión y muerte. 541.- ¿Cuáles son los sacramentos que confieren la primera gracia santificante? - Los sacramentos que confieren la primera gracia santificante, que nos hace amigos de Dios, son: el Bautismo y la Penitencia. 542.- ¿Cómo se llaman por esta razón estos dos sacramentos? - Estos dos sacramentos, Bautismo y Penitencia, se llaman por esta razón sacramentos de muertos, porque están instituidos principalmente para devolver la vida de la gracia a las almas muertas por el pecado. 543.- ¿Cuáles son los sacramentos que aumentan la gracia en quien la posee? - Los sacramentos que aumentan la gracia en quien la posee, son los otros cinco, a saber: Confirmación, Eucaristía, Extremaunción, Orden Sagrado y Matrimonio, los cuales confieren la gracia segunda. 544.- ¿Cómo se llaman por esta razón estos cinco sacramentos? - Estos cinco sacramentos, a saber: Confirmación, Eucaristía, Extremaunción, Orden Sagrado y Matrimonio, se llaman sacramentos de vivos, porque los que los reciben han de estar sin pecado mortal, esto es, ya vivos a la gracia santificante.
Rm8,12-18: Debemos dejarnos guiar por el Espíritu Santo y no despreciar la gracia viviendo según la carne. Antes de Jesucristo "éramos esclavos de la ley del pecado que está en nuestros miembros" (Rm7,23). El espíritu del hombre "anhela vida y paz" mientras que lo que ansía la carne lleva a la muerte. Así, hay dos caminos: "Mira que te he ofrecido en este día el bien y la vida, por una parte, y por la otra, el mal y la muerte. Lo que hoy te mando es que tu ames a Yavé, tu Dios, y sigas sus caminos" (Deut30,15). Por eso, San Pablo dice: "no vuelvan al miedo", "no dejen que el pecado tenga poder sobre este cuerpo -¡ha muerto!- y no obedezcan sus deseos" (Rm6,12); que no los venza la carne. En las criaturas, en vía de una perfección mayor (y en el tiempo de la prueba) "tener libertad" implica el "poder perderla". Y la perdemos por el pecado, que es "abusar de ella" y rechazar la gracia de Dios. No sucede así en el Creador que no puede pecar. "Dios no puede pecar ni morir ¿cómo, pues, se dice que todo lo puede? - Se dice que Dios todo lo puede, aunque no pueda pecar ni morir, porque el pecar o morir no es efecto de potencia, sino de flaqueza, la cual no puede hallarse en Dios, que es perfectísimo" (Catecismo de San Pio X, 27). Los bienaventurados que están en unidad perfecta con Dios en la gloria del cielo, ya no se ven tentados por el pecado, como sucede en nuestro mundo y en nuestra condición.
Rm8,19-23: "Dios formó al hombre con polvo de la tierra; luego sopló en su nariz un aliento de vida, y el hombre tuvo aliento y vida" (Gen2,7). Dios hizo al hombre parte de la creación al formarlo de la tierra, pero lo puso por encima de ella al hacerlo "imagen y semejanza de Dios (por el alma Catecismo362; 363) y darle autoridad sobre todo lo creado" (Gen1,26). "En su naturaleza humana se une el mundo espiritual y el mundo material" (Catecismo355). La creación, donde vive el hombre, también fue afectada por el pecado del hombre: "...maldita será la tierra por tu causa. Con fatiga sacarás de ella el alimento por todos los días de tu vida" (Gen3,17). Por eso San Pablo dice: "el universo está inquieto pues quiere ver lo que "verdaderamente" son los hijos e hijas de Dios". Si el hombre "sufre en esta vida presente" y "muere" (Gen2,16-17), por haber pecado, también la creación comparte su destino. Y así como el hombre fue redimido y está a la espera de la gloria eterna con Jesucristo, así también la creación espera compartir la libertad y la gloria del hombre. Como está escrito: "cielos nuevos y tierra nueva" (Apoc21,1).
Rm8,24-25: "La esperanza es la virtud teologal por la que aspiramos al Reino de los cielos y a la vida eterna como felicidad nuestra, poniendo nuestra confianza en las promesas de Cristo y apoyándonos no en nuestras fuerzas, sino en los auxilios de la gracia del Espíritu Santo. "Mantengamos firme la confesión de la esperanza, pues fiel es el autor de la promesa" (Heb10,23). Este es "el Espíritu Santo que derramó sobre nosotros con largueza por medio de Jesucristo nuestro Salvador para que, justificados por su gracia, fuésemos constituidos herederos, en esperanza, de vida eterna" (Tt3,6-7)" (Catecismo1817). "La virtud de la esperanza corresponde al anhelo de felicidad puesto por Dios en el corazón de todo hombre; asume las esperanzas que inspiran las actividades de los hombres; las purifica para ordenarlas al Reino de los cielos; protege del desaliento; sostiene en todo desfallecimiento; dilata el corazón en la espera de la bienaventuranza eterna. El impulso de la esperanza preserva del egoísmo y conduce a la dicha de la caridad" (Catecismo1818).
Rm8,26-27: "Somos débiles..." es necesario "la fuerza del Espíritu Santo que viene de lo alto" (Lc24,49), pues "nuestra carne es débil" (Rm8,3). "No sabemos como pedir ni que pedir..." como dice el apóstol Santiago: "o si piden algo, no lo consiguen porque lo derrocharían para divertirse" (Stgo4,3). San Pablo reconoce nuestra condición inclinada al pecado, pero al mismo tiempo resalta la gracia del Espíritu Santo que guía a la Iglesia. Como dijo Jesús: "pero es verdad lo que les digo: les conviene que yo me vaya, porque mientras yo no me vaya el Protector no vendrá a ustedes. Yo me voy, y es para enviárselo" (Jn16,7). "Y cuando venga Él, el Espíritu de la Verdad, los guiará en todos los caminos de la verdad" (Jn16,13). "La oración es la elevación del alma a Dios o la petición a Dios de bienes convenientes" (San Juan Damasceno, f. o. 3,24). ¿Desde donde hablamos cuando oramos? ¿Desde la altura de nuestro orgullo y de nuestra propia voluntad, o desde "lo más profundo" (Sal130,14) de un corazón humilde y contrito? El que se humilla es ensalzado (cf. Lc18,9-14). La humildad es la base de la oración. "Nosotros no sabemos pedir como conviene" (Rm8,26). La humildad es una disposición necesaria para recibir gratuitamente el don de la oración: el hombre es un mendigo de Dios (cf. San Agustín, serm 56,6,9)" (Catecismo2559). "Si conocieras el don de Dios" (Jn4,10). La maravilla de la oración se revela precisamente allí, junto al pozo donde vamos a buscar nuestra agua: allí Cristo va al encuentro de todo ser humano, es el primero en buscarnos y el que nos pide de beber. Jesús tiene sed, su petición llega desde las profundidades de Dios que nos desea. La oración, sepamos o no, es el encuentro de la sed de Dios y de sed del hombre. Dios tiene sed de que el hombre tenga sed de Él (cf. San Agustín, quaest. 64,4)" (Catecismo2560). "Nadie puede decir: "¡Jesús es Señor!" sino por influjo del Espíritu Santo" (1Cor12,3). Cada vez que en la oración nos dirigimos a Jesús, es el Espíritu Santo quien, con su gracia preveniente, nos atrae al Camino de la oración. Puesto que Él nos enseña a orar recordándonos a Cristo, ¿cómo no dirigirnos también a Él orando? Por eso, la Iglesia nos invita a implorar todos los días al Espíritu Santo, especialmente al comenzar y al terminar cualquier acción importante. "Si el Espíritu no debe ser adorado, ¿cómo me diviniza Él por el bautismo? Y si debe ser adorado, ¿no debe ser objeto de un culto particular? (San Gregorio Nacianceno, or. theol". 5,28)" (Catecismo2670).
Rm8.28-30: Acerca de la predestinación: Dios no ha predestinado a nadie al infierno, pero conoce de antemano a los que "lo aman" ("por sus frutos los conocereís" Mt7,26). Jesús dice a los que no ponen en práctica su palabra y no hacen la voluntad del Padre: "...Nunca les conocí. ¡Aléjense de mi ustedes que hacen el mal!" (Mt7,21-23). Dios predestinó a los que de antemano conoció" (Rm8,29); esto, no revela el misterio entre la soberanía de Dios y la libertad del hombre de Rm9, porque los que aman a Dios, ¿será porque Dios los hizo así? Y los que lo rechazan ¿será porque Dios los hizo así? Entonces, ¿donde quedaría la libertad del hombre o la soberanía de Dios? Es un misterio que San Pablo no resuelve, pero responde preguntando: "¿quién eres tú para pedir cuentas a Dios? ¿Acaso dirá la arcilla al que lo modeló: por qué me hiciste así? ¿No dispone el alfarero de su barro y hace con el mismo barro una vasija preciosa o una para el menaje?" (Rm9,20-21). Como está escrito: "seré misericordioso con quien quiera serlo (siendo que todos pecamos) y me compadeceré de quien quiera compadecerme" (Rm9,15). San Pablo, pues, no resuelve el misterio con el preconocimiento de los que aman a Dios, sino que está afirmando a la Iglesia de Roma, "a los elegidos de Cristo Jesús que están en Roma, a quienes Dios ama y ha llamado y consagrado [...]" (Rm1,6-7), en la "esperanza": "Estamos salvados, pero todo es esperanza... Esperemos, pues, sin ver, y lo tendremos, si nos mantenemos firmes" (Rm8,24-25). La predestinación de los elegidos es por el preconocimiento de los que hacen el bien; es decir de los que aman a Dios. No es que "Dios predestinó a unos al cielo y a otros al infierno" (elección incondicional calvinista). San Pablo afirma a los romanos en la esperanza, enseñándoles que fueron elegidos desde siempre. "La Iglesia es el proyecto secreto escondido desde siempre en Dios, Creador del universo" (Ef3,9). Fuimos escogidos por Jesucristo desde siempre. Nuestro llamado dura toda nuestra vida. Y, así como es necesario perseverar en la fe para salvarnos, así también es necesario perseverar en el rechazo a Dios, toda nuestra vida, para condenarnos. El calvinismo malinterpretando la predestinación de San Pablo (con la que enseña que fuimos elegidos desde siempre, afirmándonos en la esperanza) pretende resolver el misterio entre la soberanía de Dios y la libertad del hombre, que San Pablo no explicó, afirmando que Dios predestinó (por autoridad y sin tomar en cuenta la libertad del hombre, siendo que el amor exige libertad) a unos al cielo y a otros al infierno. También utilizan esta cita bíblica para sustentar su doctrina: "la perseverancia de los santos", en la que afirman (basándose en "sola gratia") que es Dios quien sostiene nuestra perseverancia en la fe. Es decir, Dios empieza y termina la obra. En otras palabras "no se puede perder la salvación" ("salvo siempre salvo"), pues el hombre no tiene ningún mérito (sola gratia), tampoco libre albedrío (depravación total). La obra de Redención es totalmente hecha por Dios. Ellos comprenden las palabras de San Pablo: "a los que Dios eligió, los llamó, los hizo justos y santos y les da la Gloria", como el "orden de la salvación" (ordo salutis), en el que el hombre no participa de manera activa, sino pasiva. Asi, pues, sus doctrinas hacen a Dios un tirano y deshumanizan al hombre.
Rm8,31-39: Si bien San Pablo no explica el misterio entre la libertad del hombre y la soberanía de Dios, si enseña que Dios ha predestinado a ser imagen y semejanza de su Hijo ("sean santos porque yo Soy Santo" 1Pe1,16) a los que de "antemano conoció" ("el conocimiento precede al amor" Santa Catalina de Siena). "Dios dispone todas las cosas para bien de los que lo aman". "A los que lo aman les concede llegar a ser hijos de Dios" ("a los que lo recibieron les dio capacidad para ser hijos de Dios [...]" Jn1,12), en su HIjo Jesucristo, "reuniéndolos en su Iglesia" (Ef3,3-13). Y si Dios está con nosotros, sus elegidos, por quienes entregó a su propio Hijo, ¿quién estará contra nosotros? ¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús? ¿Acaso las pruebas...? San Pablo confirma a la Iglesia en la esperanza. "Les enseña a confiar en el amor de Dios manifestado en Cristo crucificado, les anima en medio de las pruebas" (Ef3,12-21).
CAPÍTULO 9
Rm9,1-9: "No quiero hablar de un fracaso de las promesas de Dios..." (Rm9,6). La principal promesa de Dios a Abraham fu esta: "Haré de ti una gran nación y te bendeciré; voy a engrandecer tu nombre, y tu serás una bendición. Bendeciré a quienes te bendigan y maldeciré a quienes te maldigan. En ti serán bendecidas todas las razas de la tierra" (Gen12,2-3). Las otras promesas como las de Gen18,10 y Gen21,12 están en armonía con la principal. "La bendición de Abraham alcanzó a las naciones paganas en Cristo Jesús: por la fe recibimos la promesa, que es el Espíritu" (Gal3,14). Y, "este don del Espíritu Santo lo recibimos en el Bautismo con el perdón de nuestros pecados" (He2,38).
Rm9,10-23: ¿Si Dios llama al que quiere, nosotros somos realmente libres para creer? Este es un misterio que San Pablo no explicó. "El discípulo no está por encima de su maestro, ni el sirviente por encima de su patrón" (Mt10,24). Querer comprenderlo todo con la razón es contrario a la fe; no da lugar a "los dogmas" (Catecismo88; 892). San Pablo enseña: "Porque este saber queda muy imperfecto y nuestras profecías también son algo muy limitado; y cuando llegue lo perfecto, lo que es limitado desaparecerá" (1Cor13,9-10). Entonces, ¿Qué quiso decir San Pablo? "El pecado es una ofensa a Dios" (Catecismo1850) (Rm3,23); le corresponde a Dios perdonarlo. El puede perdonar cuando quiera y a quien quiera; así, "su justicia no contradice su misericordia". San Pablo no es mensajero de la predestinación, sino de "la reconciliación" (2Cor5,18). En la predestinación de Rm8,24-30 y en el caso de Jacob y Esaú de Rm9,10-13 San Pablo no afirma que "Dios predestine al infierno como afirman los protestantes" (elección incodicional calvinista); sino que, Dios conoció de antemano a los que "lo aman", a los que han respondido al amor de Dios que nos amó primero, a quienes predestinó a ser imagen y semejanza de su Hijo, afirmando a la Iglesia de Roma en la esperanza, pues fueron llamados desde siempre. "La Iglesia es el proyecto secreto escondido desde siempre en Dios" (Ef3,9).
Rm9,24-33: El anuncio del Evangelio a todas las naciones es parte de la última etapa del plan de salvación "que Dios trazó desde el principio" (Ef3,3-11). "Debe entrar el conjunto de las naciones, entonces Israel se salvará... serán limpiados de todas sus faltas" (Rm11,25-27). No se refiere a "otras doctrinas" (Rm16,17). "Dios no predestina a nadie al infierno" (Catecismo1037): "Tus descendientes de la cuarta generación volverán a esta tierra que no te puedo entregar ahora, pues hasta entonces no se colmará la maldad de los amorreos" (Gen15,16), sino que trata a todos con justicia y misericordia. Sucede como dice San Pablo: "Desde el cielo nos amenaza la indignación de Dios por todas las maldades e injusticias... Todo lo que se puede conocer de Dios lo tienen ante sus ojos... De modo que no tienen disculpa. A pesar de que conocían a Dios, no le rindieron honores ni le dieron gracias como corresponde [...]" (Rm1,18-21). "La justicia es una virtud humana, una de las cuatro principales o cardinales" (Catecismo1805). "La justicia para con Dios es llamada "la virtud de la religión" y nos dispone a amar a Dios" (Catecismo2095). Es distinta "la justicia que es fruto de la fe" (Rm9,30) (Rm1,17). "Dios no quiere que se pierda nadie, sino que todos lleguen a la conversión" (2Pe3,9). "El quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad" (1Tim2,4). Pero, "no sin razón dice la Escritura: el Espíritu que ha hecho habitar en nosotros y que nos da lo mejor es un espíritu celoso. Y por eso añade: Dios resiste a los orgullosos, pero hace favores a los humildes" (Stgo4,5-6). "Dios puso en Israel una piedra" (Is28,16) "en la que debían apoyarse para su salvación" (Sal118,17-25). "Esta piedra es Jesús" (Ef2,20) y "el que no se apoye en Él, será destruido" (Mt7,24-27). Pero Israel tropezó al no creer en Jesús. "Así la salvación llegó a los pueblos paganos" (Rm11,30). "Jesús hizo de los judíos y de los paganos un solo pueblo" (Ef2,16). "Israel no alcanzó la finalidad de la Ley, porque se ataba a las observancias y no a la fe [...]" (Rm9,31-32). "La Ley tiene peso en la justicia, la misericordia y la fe" (Mt23,23).
CAPÍTULO 10
Rm10,1-4: Para San Pablo "sentir celo por el servicio de Dios en forma equivocada" es "caer en fanatismo, como en el que él cayó cuando perseguía a los cristianos" (He22,3-4); pero, "había sido escogido por Dios para ser apóstol de los pueblos paganos" (Gal1,13-16). "El pueblo de Israel fue adoptado por Dios" (Rm9,1-5), aunque "se es descendiente de Abraham por la fe y no solo por la carne" (Rm4,11-12). De ahí que, San Pablo, "sintiendo gran tristeza por ellos" (Rm9,2), porque no comprenden la fe, se esfuerce por explicarles "como Dios nos da la verdadera justicia por la fe en Jesucristo", pues "desea de todo corazón y pide a Dios que se salven".
Rm10,5-11: La observancia de la ley no nos da la gracia santificante, sino que la recibimos con el Espíritu Santo y con el perdón de nuestros pecados, cuando, por la fe en Jesucristo, nos bautizamos. No era suficiente nuestra justicia para alcanzar el perdón de Dios, pues nuestras obras son finitas. En este sentido San Pablo enseña: "todos son hechos justos gratuitamente y por pura bondad, mediante la Redención realizada en Cristo Jesús. Dios lo puso como la vícitma cuya sangre nos consigue el perdón, y esto es obra de fe. Así demuestra Dios como nos "hace justos", perdonando los pecados del pasado" (Rm3,24-25). Dios nos perdona y, en Jesús, nos hace "nuevas criaturas" (2Cor5,17). "La palabra en los labios y en el corazón" (es necesario leer el Antiguo Testamento a la luz de Jesucristo que "no vino a suprimir la Ley o los Profetas sino a traer lo definitivo" Mt5,17), se refiere a la fe, en la "Nueva Alianza": "[...] pondré mi Ley en su interior, la escribiré en sus corazones y yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo" (Jer31,33); que realiza Jesucristo: "[...] Esta copa es la alianza nueva sellada con mi sangre, que es derramada por ustedes" (Lc22,20); y que San Pablo predica. Por la fe, somos hijos de Abraham, pero esta fe debe ser la del corazón, como la de Abraham que sacrificó a su hijo (aunque el ángel lo detuvo) obedeciendo a Dios. Abraham, pues, circuncidó su corazón. "Dios estableció lazos de amor con él" (Deut10,12-22). Y, "la promesa de bendición que Dios le hizo, llegó a todo el mundo en Cristo Jesús: por la fe recibimos la promesa, que es el Espíritu" (Gal3,14). Y, "por el Espíritu Santo, el amor de Dios se va derramando en nuestros corazones" (Rm5,5). El hombre, con sus obras ("por las que seremos juzgados" Rm2,6), responde al amor de Dios que lo amó primero.
Rm10,12-13: Ya no hay diferencia entre judíos y griegos sino que, "el que crea y se bautice, se salvará; el que se niegue a creer será condenado" (Mc16,16). Pero, "uno llega a ser justo a través de las obras y no solo por la fe" (Stgo2,24). Como enseña San Pablo: "El pagará a cada uno de acuerdo con sus obras" (Rm2,6). Como dice el Señor: "No bastará con decirme: ¡Señor!, ¡Señor!, para entrar en el Reino de los Cielos; mas bien entrará el que hace la voluntad de mi Padre del Cielo" (Mt7,21). Como dice San Pedro: "El que de veras quiera gozar la vida y vivir dias felices, guarde su lengua del mal y que desu boca no salgan palabras engañosas. Aléjese del mal y haga el bien, busque la paz y corra tras ella. Porque el Señor tiene los ojos puestos sobre los justos y los oídos atentos a sus peticiones; mas el Señor se opone a los que hacen el mal" (1Pe3,10-12).
Rm10,14-17: Jesús envía a sus apóstoles a predicar: "Vayan, pues, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos [...]" (Mt28,19). Ante su predicación del "mensaje cristiano", no todos abrazaron la fe; algunos "resistieron al Espíritu" (He7,51), porque "les gustaba mas el mal" (2Tes2,12). "[...] El Espíritu que ha hecho habitar en nosostros y que nos da lo mejor es un espíritu celoso. Y por eso añade: Dios resiste a los orgullosos, pero hace favores a los humildes" (Stgo4,5-6).
Rm10,18-21: La rebeldía de Israel expresa la inclinación del hombre a obrar el mal. Así, "aunque los hijos de Israel fueran tan numerosos como la arena del mar, solo un resto se salvará" (Rm9,27); los que "no rechazan la fe en Jesucristo" (Rm5,1); los que "no tropiezan con la piedra" (Is28,16-17) (Mt7,24-27). Este tema lo desarrolla en el capítulo 11.
CAPÍTULO 11
Rm11,1-10: "Dios no ha recahzado a su pueblo al que de antemano conoció". ¿Esto quiere decir que Dios no conoce a los que se condenan? Dios crea tanto a los que se salvan, como a los que se condenan; a ambos "los hizo buenos" (Gen1,31). "Ha puesto delante de ambos el bien y la vida por una parte, y por la otra el mal y la muerte" (Deut30,15). El sentido del "conocimiento de Dios" al que se refiere San Pablo es el mismo del Señor Jesús cuando dice: "por sus frutos los conocereís" (Mt7,216). Como dice el Señor a los que no hacen la voluntad del Padre: "[...] Nunca les conocí. ¡Aléjense de mí ustedes que hacen el mal!" (Mt7,23). Dios nos conoce cuando obramos el bien (amandolo sobre todas las cosas y a nuestro prójimo como a nosotros mismos); "dispone todas las cosas para bien de los que lo aman". "Me he reservado siete mil hombres que no se han arrodillado ante baal". Dios se formó un pueblo a partir de Abraham, el cual pecó con los ídolos. Es decir, hicieron el mal. Pero, la Gracia de Dios sostuvo a su pueblo (como ahora el Espíritu Santo a la Iglesia Católica) y evitó que un resto hiciera el mal; es decir, no los dejó caer. Como está escrito: "el Señor no rechaza a su pueblo, ni abandona a los suyos" (Sal94,14). San Pablo no está diciendo que el hombre "no tenga libre albedrío como lo afirman los protestantes" (depravación total); sino que, hemos sido escogidos por pura gracia. Tampoco está diciendo que la gracia de Dios sea irresistible ("la gracia irresistible": doctrina calvinista). Jesús y su Iglesia, de la cual somos parte (en este caso se dirige a la Iglesia de Roma), es Gracia de Dios: "[...] Pues si todos mueren por la falta de uno solo, la gracia de Dios se multiplica más todavía cuando este don gratuito pasa de un solo hombre, Jesucristo, a toda una muchedumbre" (Rm5,15). San Pablo insiste, como en toda su carta, en que no tenemos méritos, refiriéndose a la "[...] obra de Redención realizada en Cristo Jesús, Dios lo puso como víctima cuya sangre nos consigue el perdón, y esto es obra de fe [...]" (Rm3,24-25); y no a la "naturaleza de la fe" (inseparable de la obediencia de la fe), pues se dirige tanto a paganos, como a "judíos" (que habían puesto su confianza en la Ley) que abrazaron la fe en Jesucristo. La gracia de Dios ha reservado un resto del pueblo de Israel: "los que abrazaron la fe"; es decir, Dios ha sostenido a Israel para que no todos tropezaran con "la piedra" que es "Jesucristo". Por eso, San Pablo llama a la Iglesia de Roma "los elegidos de Cristo Jesús" (Rm1,6) y les enseña que fueron predestinados de antemano, pues este es el "proyecto misterioso escondido desde siempre en Dios: en Cristo Jesús los pueblos paganos son herederos (con los judíos), forman un mismo cuerpo (la Iglesia) y comparten la promesa" (Ef3,5-6). "Dios los embruteció". Como está escrito: "muchos son los llamados, pero pocos los escogidos" (Mt22,14).
Rm11,11-15: Anteriormente San Pablo dijo: "¿Cuál es la ventaja de ser judío? ¿Cuál la utilidad de la circuncisión? Grande, bajo todo punto de vista. En primer lugar, fue a los judíos a quienes confió Dios su palabra" (Rm3,1-2). "Ellos son los israelitas, a quienes Dios adoptó; entre ellos descansa su gloria con las alianzas, el don de la Ley, el culto y las promesas de Dios. Suyos son los grandes antepasados, y Cristo es uno de ellos según la carne, el que como Dios está tmabién por encima de todo. ¡Bendito sea por todos los siglos! Amén" (Rm9,4-5). ..."Lo que Israel perdió enriqueció a las naciones paganas". ...¿Qué perdió Israel? La fe en Jesucristo. "Al tener sin embargo a Cristo, considero todas mis ganancias como pérdidas. Más aún, todo lo considero al presente como peso muerto en comparación con eso tan extraordinario que es conocer a Cristo Jesús, mi Señor. A causa de Él ya nada tiene valor para mí y todo lo considero como basura mientras trato de ganar a Cristo" (Filip3,7-9). ¨"[...] Somos pobres, y enriquecemos a muchos; no tenemos nada, y lo poseemos todo" (2Cor6,10). Entonces, "¡como será cuando Israel alcance su plenitud!" Es decir, cuando abrace la fe en Jesucristo. "En Él (Jesucristo) reside toda "la plenitud de Dios" corporalmente. En Él ustedes lo tienen todo, pues Él está por encima de todos los poderes y autoridades sobrenaturales" (Col2,9-10). Es Jesús (la plenitud de Dios) quien vino a traer al pueblo judío (y al mundo) "la plenitud de la Ley" (Mt5,17). "¿Creen ustedes que con la fe suprimimos la Ley? De ninguna manera; más bien la colocamos en su verdadero lugar" (Rm3,31). "...Quiero despertar los celos de mi raza y así salvar a alguno de ellos". San Pablo es instrumento de Dios para nuestra salvación: "[...] Este hombre espara mí un instrumento escogido, y llevará mi Nombre a las naciones paganas y a sus reyes, así como al pueblo de Israel" (He9,15). Se cuida de ser útil a Dios "no participando en conversaciones inútiles y extrañas a la fe, que solamente hacen progresar en la impiedad" (2Tim2,14-21). "La exclusión de Israel ha sido reconciliación del mundo con Dios". Habiendo tropezado Israel con "la piedra de tropiezo" (Jesús), "la Buena Nueva es anunciada al mundo" (Mt28,19-20) (He13,46-48). Como lo dijo Jesús en la parábola de "el banquete de bodas" (Mt22,1-14). "La reintegración de Israel, que significará que la vida resurge de entre los muertos, se refiere a su abrazo a la fe, a su "renacer del agua y del Espíritu" (Jn3,3-8), a su incorporación a la Iglesia Católica por la fe y el Bautismo.
Rm11,16-22: "Las primicias son las primeras cosechas que el pueblo de Israel consagraba Dios para que los bendijera" (Lev23,9-11). Es Jesucristo "la primicia ofrecida a Dios", por la que el pueblo judío recibe "la bendición prometida a Abraham" (Gen12,1-3). La raíz que sostiene al árbol, que es el pueblo judío, es Dios mismo. Como está escrito: "sean santos porque yo Soy Santo" (1Pe1,16). Así, tanto la raíz como la primicia son figuras de Dios, "el Alfa y la Omega" (Apoc1,8). Las ramas que fueron cortadas, son los que no creyeron en Jesucristo, que es Dios; los que no lo reconocieron como "el Mesías" (Mt16,16). Los paganos fueron injertados en el pueblo elegido de Dios por la fe. Pero, debemos perseverar en la fe "que se arraiga en el amor" (Ef3,17), hasta el final, porque "si Dios no perdonó a las ramas naturales menos nos perdonará a nosotros".
Rm11,23-24: Si los judíos "no se obstinan en rechazar la fe, serán injertados de nuevo". Como está escrito: "Mira que te he ofrecido en este día el bien y la vida, por una parte, y por la otra, el mal y la muerte. Lo que hoy te mando es que tú ames a Yavé, tu Dios, y sigas sus caminos" (Deut30,15). No es que hayan sido "predestinados al infierno" como afirman los protestantes.
Rm11,25-36: Abrazar la fe por parte del pueblo judío, es la segunda señal antes de la segunda venida de nuestro Señor Jesucristo: "Y les digo que ya no me volverán a ver hasta que digan: ¡Bendito sea el que viene en nombre del Señor!" (Mt23,39). La primera señal es que "el conjunto de las naciones debe abrazar la fe". Como dice el Señor: "Esta Buena Nueva del Reino será proclamada en el mundo entero, y todas las naciones oirán el mensaje; después vendrá el fin" (Mt24,14). Por el pecado original, "todos nacemos en estado de rebelión contra Dios" (Catecismo de San Pio X 64). La desobediencia del pueblo judío se refiere a desobedecer a Dios habiendo sido elegidos por Él. Por eso, la Gracia que rechazaron (se obstinan en rechazar la fe) llegó a nosotros; como lo enseña Jesús en la parábola del "banquete de bodas" (Mt22,1-14). Pero, aún en este mal obrar de los hombres, "Dios sabe sacar lo bueno". "¿Por qué Dios no impide el pecado? Dios no impide el pecado porque aun del abuso, que el hombre hace de la libertad que Él le dio, sabe sacar bien y hacer que brille más y más su misericordia o su justicia" (Catecismo de San Pio X 33). Como dice San Pablo: "Así Dios hizo pasar a todos por la desobediencia, a fin de mostrar a todos su misericordia". "Así como el cielo está muy alto por encima de la tierra, así también mis caminos se elevan por encima de sus caminos y mis proyectos son muy superiores a los de ustedes" (Is55,9). "Él es el Alfa y la Omega" (Apoc1,8). Los protestante utilizan la cita bíblica Rm11,36 para afirmar que "la Gloria es únicamente para Dios" (soli deo gloria) y el hombre no participa de ningún modo de ella. Acerca de la gloria que damos a Dios, "soli deo gloria" no toma en cuenta que es Dios quien comparte su Gloria con los hombres, como lo vemos en la creación: "Dios ha creado todas las cosas no para aumentar su Gloria, sino para manifestarla y comunicarla" (Catecismo293). "Todo lo que se puede conocer de Dios lo tienen ante sus ojos, pues Dios se lo manifestó. Lo que Él es y que no podemos ver ha pasado a ser visible gracias a la creación del universo, y por sus obras captamos algo de su eternidad, de su poder y de su divinidad [...]" (Rm1,19-29). Y más claramente en la encarnación de Jesucristo: "[...] Así lo quiso y le pareció bien para alabanza de la "gracia gloriosa" que nos hacía en el Bien Amado" (Ef1,5-6). Si bien "la Gloria de Dios" en el Antiguo Testamento hace referencia a su "Bondad y Majestad" (Sal93,1), como cuando "la Gloria de Dios pasó delante de Moisés" (Ex33,18-19), en el Nuevo Testamento hace referencia a Jesucristo: "El es el resplandor de la Gloria de Dios y la impronta de su ser" (Heb1,3). "[...] Y hemos visto su Gloria; la Gloria que recibe del Padre el Hijo único; en Él todo era don amoroso y verdad" (Jn1,14). Jesús, que es nuestra luz, nos comunica su luz (por la fe y el Bautismo) al hacerse hombre: "Levántate y "brilla", que ha llegado tu luz y la Gloria de Yavé amaneció sobre ti" (Is60,1). Y, nuestra forma de "dar gloria a Dios" (enaltecerlo, ensalzarlo), es con nuestras buenas obras como Jesús nos enseñó: "Hagan, pues, que brille su luz ante los hombres; que vean estas buenas obras, y por ello den gloria al Padre de ustedes que está en los Cielos" (Mt5,16). Dios, amándonos líbremente, nos compartió su Gloria; y, nosotros, amándolo líbremente con nuestras buenas obras, estando en gracia, le damos gloria. "[...] El que da gloria al Padre lo hace por el Hijo en el Espíritu Santo; el que sigue a Cristo, lo hace porque el Padre lo atrae (cf. Jn6,44) y el Espíritu lo mueve (cf. Rm8,14)" (Catecismo259). En la Iglesia Católica damos gloria a Dios por quien "Es" y por sus "obras". No sucede así con los santos a quienes no adoramos sino que veneramos por haber practicado en sus vidas las virtudes, "viviendo su fe de manera heroica" (Heb11,1-40), muchos "resistiendo hasta la sangre" (Heb12,4). "Dios ensalzó a los que se humillaron" (Lc14,11) a semejanza de "Jesucristo crucificado" (Filip2,8). Y así como "Jesús tuvo que padecer para entrar en su Gloria" (Lc24,26), así también Dios ha querido poner de ejemplo en la Iglesia a los "hermanos de Cristo" que se aferraron a su cruz "viviendo su fe de manera heroica" (Heb11,1-40). Como dice San Pablo: "Sigan mi ejemplo, como yo sigo el de Cristo" (1Cor11,1). "A los que de antemano conoció, también los predestinó a ser imagen y semejanza de su Hijo, a fin de que sea el primogénito en medio de numerosos hermanos" (Rm8,29). Es por nuestras buenas obras, "estando en gracia" (Rm5,2), que hacemos brillar la luz que recibimos de Jesucristo dando gloria a Dios. Esto no es una adoración del hombre, porque no "es" Dios, sino una veneración a los que "participaron" de Dios "viviendo su fe de manera heroica", pues Dios mismo "los ensalzó". "[...] Te basta mi gracia, mi mayor fuerza se manifiesta en la debilidad. Con mucho gusto, pues, me preciaré de mis debilidades, para que me cubra la fuerza de Cristo. Por eso acepto con gusto lo que me toca sufrir por Cristo: enfermedades, humillaciones, necesidades, persecuciones y angustias. Pues si me siento débil, entonces es cuando soy fuerte" (2Cor12,9-10). "El que se glorie, gloríese en el Señor. Pues no queda aprobado el que se recomienda a sí mismo, sino aquel a quien le recomienda el Señor" (2Cor10,17-18). "De ese modo el nombre de Jesús, nuestro Señor, será glorificado a través de ustedes y ustedes lo serán en Él, por gracia de nuestro Dios y Cristo Jesús, el Señor" (2Tes1,12).
CAPÍTULO 12
Rm12,1: "Llega la hora, y ya estamos en ella, en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre espíritu y en verdad" (Jn4,23). El culto es el conjunto de actos con los que se demuestra respeto, honor, cariño, hacia Dios (adoración), a una persona o a una cosa. El culto puede ser privado, público, civil o religioso. El culto religioso puede ser: culto de adoración o latría, que se da solo a Dios; culto de veneración o dulía, que se da a los santos, a los ángeles y a los lugares sagrados; y culto de hiperdulía, que se da únicamente a la Santísima Virgen María por ser la "Madre de Dios". "A la Revelación que Dios hace de sí en Jesús, la respuesta adecuada del hombre es la fe" (Catecismo143). "La fe es ante todo una adhesión personal del hombre a Dios; es al mismo tiempo e inseparablemente el asentimiento libre a toda la verdad que Dios ha revelado. En cuanto adhesión personal a Dios y asentimiento a la verdad que Él ha revelado, la fe cristiana difiere de la fe en una persona humana. Es justo y bueno confiarse totalmente a Dios y creer absolutamente lo que Él dice. Sería vano y errado poner una fe semejante en una criatura (cf. Jr 17,5-6; Sal 40,5; 146,3-4)" (Catecismo150). Así, la fe de San Pablo se arraiga en Jesucristo crucificado. El ofrecimiento libre de la persona como "sacrificio vivo y santo", es la respuesta al "sacrificio de nuestro Señor Jesucristo en la cruz". Esta entrega total a Dios es el culto que debemos practicar todos; que no es otra cosa que vivir nuestra "Alianza de amor con Dios". "El amor lo hace todo perfecto" (Col3,14). Por eso, "nuestra fe debe ser la del corazón" (Rm10,10). "Las virtudes teologales de la fe, la esperanza y la caridad, informan y vivifican las virtudes morales. Así, la caridad nos lleva a dar a Dios lo que en toda justicia le debemos en cuanto criaturas. La virtud de la religión nos dispone a esta actitud" (Catecismo2095).
Rm12,2: Acerca de la corriente del mundo, el apóstol San Juan dice: "Pues de toda corriente del mundo -la codicia del hombre carnal, los ojos siempre ávidos, y la arrogancia del éxito- nada viene del Padre, sino del mundo" (1Jn2,16). "[...] El hombre estaba íntegro y ordenado en todo su ser por estar libre de la triple concupiscencia (cf. 1Jn2,16), que lo somete a los placeres de los sentidos, a la apetencia de los bienes terrenos y a la afirmación de sí contra los imperativos de la razón" (Catecismo377). Si bien el mundo de hoy no es el mismo que en el tiempo de los apóstoles, nuestras inclinaciones al mal siguen siendo las mismas. "Por el pecado somos parte del mundo" (Catecismo408). Es necesario "desarraigarnos del mundo haciendo penitencia" (Catecismo1431), venciendo nuestras inclinaciones al mal; lo que San Pablo llama "el hombre viejo". Hemos salido del mundo, ahora somos miembros de la Iglesia. La fe vivida en la Iglesia es camino de conversión. "La primera conversión se realiza en el Bautismo cuando salimos del mundo y formamos parte de la Iglesia" (Catecismo1427). "La segunda conversión es la del combate espiritual" (Catecismo405), "venciendo nuestra inclinación al mal o concupiscencia (que permanece en nosotros a manera de prueba) y que se realiza en el sacramento de la confesión" (Catecismo1426;1428;1440). Es necesario también "la penitencia interior" (Catecismo1430;1431). "El corazón se convierte mirando al que nuestros pecados traspasaron" (Catecismo1432).
Rm12,3-8: La gracia que recibió San Pablo es la de "ser apóstol" (Rm1,1). De ahí su autoridad para "pastorear la Iglesia de Jesucristo" (Catecismo894;895;896). "Que cada uno actúe sabiamente según el carisma que Dios le ha entregado". "Extraordinarios o sencillos y humildes, los carismas son gracias del Espíritu Santo, que tienen directa o indirectamente, una utilidad eclesial; los carismas están ordenados a la edificación de la Iglesia, al bien de los hombres y a las necesidades del mundo" (Catecismo799). "La comunión de los carismas: En la comunión de la Iglesia, el Espíritu Santo "reparte gracias especiales entre los fieles" para la edificación de la Iglesia (LG12). Pues bien, "a cada cual se le otorga la manifestación del Espíritu para provecho común" (Catecismo951). Tanto judíos como paganos (los que abrazaron la fe en Jesucristo) son miembros del Cuerpo de Cristo "que es la Iglesia" (Col1,24). No debe haber rivalidades entre los miembros del Cuerpo de Cristo, sino armonía. Si bien el carisma recibido nos da la capacidad para una determinada acción dentro de la Iglesia, es necesario su buena administración: ...si eres dirigente, actúa con dedicación..
Rm12,9-21: "Aborrezcan el mal y procuren todo lo bueno". No estamos llamados a cumplir solamente con no hacer daño a nadie. Como dice el Señor: "Nadie puede servir a dos patrones: necesariamente odirá a uno y amará al otro, o bien cuidará al primero y despreciará al otro [...]" (Mt6,24). El "amor" a Dios exige "odiar el pecado"; no al pecador, sino al pecado. Debemos aprender no solo a "amar y servir a Dios" (Deut10,12), sino también a "aborrecer el mal". Las obras que pide San Pablo: amor fraterno, respeto mutuo, diligencia y fervor, esperanza, alegría y paciencia, compartir y acoger a los que están de paso, exigen una vida sacramental y de oración, pues es el amor de Dios, "que se va derramando en nuestros corazones por el Espíritu Santo" (Rm5,5), el que desemboca en las obras de caridad con nuestro prójimo. Es entonces que el río de la gracia llega al "Mar de Paz"; esta es la vida de servicio en la Iglesia. "Del amor a Dios nacen las virtudes con el prójimo" (Sta Catalina de Siena). "Bendigan y no maldigan", "de la misma boca no puede salir bendición y maldición" (Stgo3,10-12). "Alégrense con los que están alegres, lloren con los que lloran". Debemos compartir no solo las alegrías sino también los sufrimientos de la Iglesia. Debe haber armonía entre los miembros de Cristo, pero no solo en las celebraciones. "Que todos puedan apreciar sus buenas obras". Como dice el Señor: "Hagan, pues, que brille su luz ante los hombres; que vean estas buenas obras, y por ello den gloria al Padre de ustedes que está en los Cielos" (Mt5,16). No dejarse vencer por el mal, ante la ofensa de nuestro enemigo, exige la muerte de nuestra voluntad desordenada que se disfraza de justicia y nos llena de ira (que se arraiga en la soberbia y el orgullo) al saberse no importante para el prójimo o no amado por él. Los consejos de San Pablo, acerca de no tomar la justicia por nuestra cuenta, tienen en mente la "ley del talión" dada al pueblo judío en la "Antigua Alianza". Como dice el Señor: "Ustedes han oído que se dijo: Ojo por ojo y diente por diente. pero yo les digo: No resistan al malvado [...]" (Mt5,38-39). "Ustedes han oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y no harás amistad con tu enemigo. Pero yo les digo: Amen a sus enemigos y recen por sus perseguidores" (Mt5,43-44). Es un llamado al amor cristiano. Es decir, a amar como Jesús que nos amó hasta la cruz; poniendo nuestra confianza en Dios: "Insultado, no devolvía los insultos, y maltratado, no amenazaba, sino que se encomendaba a Dios que juzga justamente" (1Pe2,23). Las autoridades fueron instituidas por Dios y es a quien debemos recurrir los que vivimos en la "Nueva Alianza", tratándose de delitos. En cambio, tratándose del enemigo personal: "Si tu enemigo tiene hambre, dale de comer; si tiene sed dale de beber: así le sacarás los colores a la cara. No te dejes vencer por el mal, más bien derrota el mal con el bien".
CAPÍTULO 13
Rm13,1-5: Dios viene al encuentro del hombre, que había pecado, "revelándonos su designio amoroso y cumpliendo su promesa de redención y salvación" (Catecismo55). "En estos últimos tiempos nos ha hablado por su Hijo" (Heb1,1-2), Jesucristo, quien al entrar en el mundo dice: "Aquí estoy yo, oh Dios, como en un capítulo del libro está escrito de mí, para hacer tu voluntad" (Heb10,7). Cumplió "el designio divino de la revelación mediante obras y palabras, íntimamente ligadas entre sí y que se esclarecen mutuamente" (DV2) [...]" (Catecismo53). Jesús fue obediente al Padre y le dio Gloria: "[...] Mi doctrina no viene de mí, sino del que me ha enviado. El que haga la voluntad de Dios conocerá si mi doctrina viene de Él o si hablo por mi propia cuenta. El que habla en nombre propio busca su propia gloria. Pero el que busca la gloria del que lo ha enviado, ése es un hombre sin maldad y que dice la verdad" (Jn7,16-18). Él, Jesús, es nuestro modelo de obediencia, pues "la vida en Cristo" o "la vida de fe" (Catecismo16), es un vivir como Cristo. Como dice el Señor: "Ustedes me llaman Maestro y Señor, y dicen bien, porque lo soy. Pues si yo, siendo el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, también ustedes deben lavarse los pies unos a otros. Yo les he dado ejemplo, y ustedes deben hacer como he hecho yo" (Jn13,13-15). "Jesús le respondió: Deja que hagamos así por ahora. De este modo cumpliremos todo como debe hacerse [...]" (Mt3,15). Jesús se sometió a las autoridades: A Poncio Pilato: "[...] No tendrías ningún poder sobre mí si no lo hubieras recibido de lo alto. Por esta razón, el que me ha entregado a ti tiene mayor pecado que tú" (Jn19,11). "[...] ...Devuelvan al César las cosas del César, y a Dios lo que corresponde a Dios" (Lc20,25). Y fue apresado por los jefes de los judíos que querían matarlo. "No cometió pecado ni en su boca se encontró engaño. Insultado, no devolvía los insultos, y maltratado, no amenazaba, sino que se encomendaba a Dios que juzga justamente" (1Pe2,22-23). Jesús, no vino a imponer la fe; sino que, "nos llama desde la cruz" (Jn12,32). No venció al pecado y al demonio con la violencia, sino con la humildad. "Él compartía la naturaleza divina, igual a Dios por propio derecho, sin embargo se redujo a nada, tomando la condición de siervo, y se hizo semejante a los hombres. Y encontrándose en la condición humana, se rebajó a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Por eso Dios lo engrandeció y le dio el Nombre que está sobre todo nombre, para que al Nombre de Jesús se doble toda rodilla en los cielos, en la tierra y entre los muertos, y toda lengua proclame que Cristo Jesús es el Señor, para gloria de Dios Padre" (Filip2,6-11). "El Señor nació en un pesebre" (Lc2,12) y entró en Jerusalén, donde sería crucificado, "montado en un burro" (Mt21,5). Como dice San Pablo: "el Mesías crucificado es fuerza de Dios y sabiduría de Dios" (1Cor1,23-24) para nuestra salvación. Como dice San Pedro: "También ustedes, los más jóvenes, sean sumisos a la autoridad de los Ancianos. Revístanse de humildad unos para con los otros, porque Dios resiste a los orgullosos, pero da su gracia a los humildes. Humíllense, pues, bajo la poderosa mano de Dios, para que, llegado el momento, Él los levante. Depositen en Él todas sus preocupaciones, pues Él cuida de ustedes" (1Pe5,5-7). Debemos, pues, obedecer a las autoridades a semejanza de Jesucristo, y debemos "orar por ellas" (1Tim2,1-4). "El temor al castigo proviene del pecado" (Gen3,10). "La Ley fue practicada con temor al castigo en el Antiguo Testamento" (Ex20,20), pero Jesús echó fuera el temor y nos trajo "la ley del amor" (Catecismo1972). "La bondad de Dios, queriendo satisfacer el deseo de aquel alma, le decía: Ves que éstos se han levantado con temor servil del vómito del pecado mortal; pero, si no se elevan por amor a la virtud, no es suficiente para darles vida perdurable. El amor, junto con el santo temor, no es suficiente, porque la Ley está fundada en el amor y santo temor. La Ley del temor, que era la ley antigua, dada por Moisés, estaba fundada en el temor, pues sufrían el castigo, cometida la ofensa. La ley del amor es única y dada por el Verbo de mi Hijo unigénito. Está fundada en el amor. No se anuló por ella la ley antigua, antes bien se cumplió, y así dijo mi Verdad: "Yo no vine a anular la ley, sino a cumplirla", y unió la del temor con la del amor. Por éste le fue quitada la imperfección del temor y permaneció la perfección del santo temor, es decir, sólo temor de ofender; no por el daño propio, sino por ofenderme a mí, que soy la Suma Bondad. De modo que la ley imperfecta se convirtió en perfecta por la ley del amor. Después que vino el carro de fuego de mi Hijo unigénito, que trajo el fuego de la caridad a vuestra humanidad con la abundancia de la misericordia, fue suprimido el método de castigar en esta vida los pecados que se cometen, como antiguamente se hallaba establecido en la ley de Moisés, donde había que castigar el pecado en cuanto era cometido. Ahorano es así; por tanto, no es preciso el temor servil. No es que las culpas dejen de ser castigadas. Si la persona no las castiga con la perfecta contrición, lo serán en la otra vida, una vez separada el alma del cuerpo. Mientras vive, tiene tiempo para la misericordia, pero con la muerte llegará el tiempo de la justicia. Debe, pues, elevarse sobre el temor servil y alcanzar el amor y santo temor a mí. Es el único medio para no volver a caer en el río, donde la encontrarán las tribulaciones y las espinas de los placeres, que todo son espinas que punzan el alma que ama y posee desordenadamente" (Diálogo58). San Pablo no mezcla la fe con la política diciendo que debemos tener fe en el presidente; sino que, el orden social viene de Dios (las autoridades son voluntad de Dios, pues es "Dios de orden" 1Cor14,33) y la luz de la fe debe alumbrar todos los aspectos de nuestra vida. El que se rebela contra las autoridades, se rebela contra Dios. Así también, debe hacerse política desde la fe (en el caso de los gobernantes), desde la verdad sobrenatural y no solo desde la verdad natural. Viendo la corrupción presente en todo el mundo, podemos comprender que, esta corrupción, no pertenece a una ciudad o a un Estado, sino al hombre; "tenemos una inclinación al mal" (Catecismo405). "¿Quién nos librará de este cuerpo de muerte?" (Rm7,24). ¿Lo hará una ley dictada en el Congreso? Es necesario, pues, abrazar la fe en Jesús, "su Gracia que nos salva" (Catecismo1999). Debemos reconocer nuestra oscuridad ante su luz, la debilidad de nuestra carne ante "el poder y la sabiduría del Mesías crucificado" (1Cor22-25). Así, una "política desde la fe", parte del conocimiento profundo de nuestra humanidad (origen y finalidad), al que accede a la luz de la Revelación de Jesucristo, y tiene cuidado de no desarraigar al hombre de Dios, sino de fortalecer sus vínculos; es una política "esperanzadora" que trasciende la historia. Un ejemplo lo vemos en el gobierno del presidente de Ecuador "Gabriel García Moreno" (Mártir de la fe), que en 1874 le pidió al arzobispo de Quito, Monseñor José Ignacio Checa, que consagre Ecuador al Sagrado Corazón de Jesús. También está el emperador Constantino en el siglo IV, que legalizó el cristianismo en el imperio romano poniendo fin a las persecuciones; y, antes de Cristo, los reinados de Salomón y David. San Pablo recuerda que debemos tener una conciencia recta, que es "el primer vicario de Cristo" y que se encuentra naturalmente en el hombre (por la que somos "responsables de nuestros actos" Catecismo1781), y no debemos volver al temor viviendo según la carne: "Entonces no vuelvan al miedo; ustedes no recibieron un espíritu de esclavos, sino el espíritu propio de los hijos, que nos permite gritar: ¡Abba!, o sea: ¡Padre!" (Rm8,15). "[...] La armonía interior de la persona humana, la armonía entre el hombre y la mujer, y, por último, la armonía entre la primera pareja y toda la creación constituía el estado llamado "justicia original" (Catecismo376). No solo la revelación "la Revelación" nos enseña a someternos a las autoridades, sino que la voz de la conciencia nos lo enseña de acuerdo al orden natural de la cración. Como en el caso de existencia de Dios: "¿Cómo sabemos que hay Dios? Sabemos que hay Dios porque la razón lo demuestra y la fe lo confirma" (Catecismo de San Pio X 23). "Una sociedad bien ordenada y fecunda requiere gobernantes, investidos de legítima autoridad, que defiendan las instituciones y consagren, en la medida suficiente, su actividad y sus desvelos al provecho común del país" (PT46) [...]" (Catecismo1897). "Toda comunidad humana necesita una autoridad que rija (cf León XIII, enc. "Inmortale Dei";enc. "Diutunum illud"). Esta tiene su fundamento en la naturaleza humana. Es necesaria para la unidad de la sociedad. Su misión consiste en asegurar en cuanto sea posible el biuen común de la sociedad" (Catecismo1898). "La autoridad exigida por el orden moral emana de Dios "Sométanse todos a las autoridades constituidas, pues no hay autoridad que no provenga de Dios, y las que existen, por Dios han sido constituidas. De modo que, quien se opone a la autoridad, se rebela contra el orden divino, y los rebeldes se atraerán sobre sí mismos la condenación" (Rm13,1-2; cf 1Pe2,13-17)" (Catecismo1899). "El deber de obediencia impone a todos la obligación de dar a la autoridad los honores que le son debidos, y de rodear de respeto y, según su mérito, de gratitud y de benevolencia a las personas que la ejercen[...]" (Catecismo1900).
Rm13,6-7: Acerca de la obediencia, Martín Lutero, a imitación de Jesús, ¿se sometió a las autoridades de la Iglesia? ¿O se rebeló fundando una nueva iglesia? Si obedecemos al que obedece, la línea ascendente llega a Jesucristo. Pero, si obedecemos al que desobedece, esta línea se corta. O, siendo Martín Lutero sacerdote de la Iglesia Católica, ¿era nuestro deber seguirlo en su locura? En la actualidad, la reforma protestante todavía no comprende la fe. Si es cierto que Dios se hizo hombre y habitó entre nosotros, nuestra fe que nace de esta "Revelación" no debe estar en contradicción con los hechos. Así, la Iglesia fundada por Jesucristo debe existir en la Tierra, desde que la fundó Jesús cuando se hizo hombre. Por eso, la contradicción que existe entre las congregaciones protestantes (que dicen ser la Iglesia de Jesucristo) y los hechos (pues aparecieron después de 1500 años), ¿no demostraría un error en la comprensión de la fe? La Iglesia es el Cuerpo de Cristo y es columna y base de la verdad. No es posible reformar el Cuerpo de Cristo cambiando la doctrina de la Iglesia, como tampoco es posible cambiar la verdad o diferir con ella según nuestro parecer. Acerca de la reforma de la Iglesia, Dios le explicó a Santa Catalina de Siena en que consiste y como es posible: "[...] Porque ya te dije, si bien lo recuerdas, que satisfaría vuestros deseos dándoos alivio en los trabajos, es decir, cumpliendo vuestros dolorosos deseos, concediendo "la reforma de la Santa Iglesia" y buenos y santos pastores; no con la guerra ni con el cuchillo y crueldad, sino con paz y quietud, con las lágrimas y sudores de mis servidores. A vosotros os he puesto como trabajadores de vuestras almas y de las de vuestro prójimo en el cuerpo místico de la santa Iglesia. Cultivad la virtud en vosotros, en el prójimo y en la Santa Iglesia con el ejemplo de la doctrina y continuada oración dirigida a mí por ella y por toda criatura, haciendo que la virtud nazca en el prójimo, pues ya te dije que toda virtud todo defecto se aumentan por medio de él, y por eso quiero que le seáis útiles, y así daréis de los frutos de vuestra viña. No dejéis de ofrecerme el lloroso incienso de las oraciones por la salvación de las almas, pues quiero otorgar misericordia al mundo y lavar la cara de mi esposa, esto es, la Santa Iglesia, con las oraciones, sudores y lágrimas. Ya te la mostré en forma de doncella, con su cara sucia y casi leprosa. Esto sucede por los pecados de los ministros y de toda la comunidad cristiana, los cuales todos se alimentan a los pechos de mi esposa" (Diálogo86). "[...] ¡Oh Padre eterno! Me he acordado de algo que me dijiste cuando me hablaste sobre el ministerio de la Santa Iglesia. me prometiste hablar más detalladamente en otro lugar de los defectos que hoy cometen (los ministros de la Iglesia). Por lo cual, si es el agrado de tu bondad decirme algo sobre esto para tomarlo como materia para aumentar mi dolor, compasión y anhelante deseo de su salvación, te lo suplico, para que aumenten en mí estos sentimientos. Recuerdo que me has dicho anteriormente que con los sufrimientos, lágrimas, dolores, sudor y continua oración de tus servidores nos darías consuelo, reformando la Santa Iglesia con buenos y santos ministros" (Diálogo108). La doctrina principal del protestantismo es "sola scriptura". "Esta, es su "regla infalible". Es la creencia en la "suficiencia de las Escrituras"; es decir, "ellas contienen en forma total la voluntad de Dios y enseñan suficientemente todo lo que debe ser creído para ser salvo" (Confesión Belga art. 7). Pero, ¿con qué Escrituras enseñó Jesús sola scriptura?, porque el Nuevo Testamento todavía no había sido escrito. En el Antiguo Testamento, que sí existía, se "anuncia" la "Nueva Alianza", pero "no se realiza". "Vino nuevo en cueros nuevos". Por tanto, la doctrina de sola scriptura es anacrónica; es decir, está fuera de tiempo. De ahi que, no sea doctrina de Jesucristo, sino de hombres del siglo XVI. Y, si Jesús fundó la Iglesia protestante, ¿contra quién protestó? En la reforma protestante, históricamente, las discusiones sobre doctrina se han resuelto formando cada uno su propia congregación (arminianos, calvinistas, etc.); cayendo en subjetivismos. Y es que, se fundamentan sobre la doctrina de sola scrip´tura, que se formuló para negar al Magisterio de la Iglesia Católica. Nadie cree en la infalibilidad del Magisterio (asistido por el Espíritu Santo); sin embargo, todos los que "enseñan" y fundan congregaciones creen estar en la verdad. ¿No es esto subjetivo y contradictorio? La obra del Espíritu Santo es la unidad de la Iglesia. Pero, los que enseñan la doctrina de sola scriptura dividen la Iglesia. Por tanto, los que enseñan sola scriptura no son guiados por el Espíritu Santo. Siendo objetivos, estos son los hechos en la reforma protestante.
Rm13,8-10: "Nos debemos, unos a otros, amor mutuo". ¿Por qué? Por obediencia: "Les doy un mandamiento nuevo: que se amen los unos a los otros. ustedes deben amarse unos a otros como yo los he amado" (Jn13,34). Esta obediencia se hace perfecta con el amor, pues "el amor lo hace todo perfecto" (Col3,12-15). "La caridad es fruto del Espíritu Santo" (Catecismo1832). "La Ley nueva o Ley evangélica es la perfección aquí abajo de la ley divina, natural y revelada. Es obra de Cristo y se expresa particularmente en el Sermón de la Montaña. Es también obra del Espíritu Santo, y por Él viene a ser la ley interior de la caridad: "Concertaré con la casa de Israel una alianza nueva... pondré mis leyes en su mente, en sus corazones las grabaré; y yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo" (Heb8,8-10; cf. Jr31,31-34)" (Catecismo1965). "La Ley nueva es la gracia del Espíritu Santo dada a los fieles mediante la fe en Cristo. Actúa por la caridad, utiliza el Sermón del Señor para enseñarnos lo que hay que hacer, y los sacramentos para comunicarnos la gracia de realizarlo: El que quiera meditar con piedad y perspicacia el Sermón que nuestro Señor pronunció en la montaña, según lo leemos en el Evangelio de San Mateo, encontrará en él sin duda alguna la carta perfecta de la vida cristiana... Este Sermón contiene todos los preceptos propios para guiar la vida cristiana (San Agustín, serm. Dom. 1,1)" (Catecismo1966). "La Ley nueva es llamada le de amor, porque hace obrar por el amor que infunde el Espíritu Santo más que por el temor; ley de gracia, porque confiere la fuerza de la gracia para obrar mediante lal fe y los sacramentos; ley de libertad (cf. St 1,25; 2,12), porque nos libera de las observancias rituales y jurídicas de la Ley antigua, nos inclina a obrar espontáneamente bajo el impulso de la caridad y nos hace pasar de la condición del siervo "que ignora lo que hace su señor", a la de amigo de Cristo, "porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer" (Jn15,15), o también a la condición de hijo heredero (cf. Gal4,1-7. 21-31; Rm8,15)" (Catecismo1972).
Rm13,11-14: ¿En qué tiempo estamos? Nos encontramos en los "últimos tiempos", habiendo pasado "la plenitud de los tiempos". "La anunciación a María inaugura "la plenitud de los tiempos" (Gal4,4), es decir el cumplimiento de las promesas y de los preparativos. María es invitada a concebir a aquel en quien habitará "corporalmente la plenitud de la divinidad" (Col2,9). La respuesta divina a su ¿cómo será esto, puesto que no conozco varón?" (Lc1,34) se dio mediante el poder del Espíritu: "El Espíritu Santo vendrá sobre ti" (Lc1,35)" (Catecismo484). Los últimos tiempos se refiere a la "última etapa" del "plan secreto que Dios tenía para salvar a la humanidad" (Ef3,11). Esta última etapa empezó en Pentecostés: "Escuchen lo que sucederá en los últimos días, dice Dios: derramaré mi Espíritu..." (He2,17). "Hijitos, estamos en la última hora, y han oído que va a venir un anticristo. Pero ya han venido varios anticristos, por lo cual conocemos que es la última hora" (1Jn2,18). "Has de saber que en los últimos días... los hombres serán egoístas... sin respeto a la religión" (2Tim3,1-2). "...evita esa gente" (2Tim3,5). "Tú, en cambio, has seguido de cerca mi enseñanza..." (2Tim3,10). Los últimos tiempos que empezaron en Pentecostés, concluirán con la venida de Cristo, pero "por lo que se refiere a ese día y cuando vendrá, nadie lo sabe, ni siquiera los ángeles de Dios, ni aún el Hijo, sino solamente el Padre" (Mt24,36). "La noche va muy avanzada y está cerca el día..." En el primer siglo de la Iglesia se pensaba que ya estaba cerca la segunda venida de Jesucristo. San Pablo enseña que ya "no debemos obrar como los que viven según la carne" (Gal5,19-21), sino como "los que viven según el Espíritu Santo" (Rm8,4). Y habiendo recibido el Espíritu de Cristo, el "Espíritu de hijos" (Rm8,14-17), debemos revestirnos de Cristo: "Pónganse, pues, el vestido que conviene a los elegidos de Dios, sus santos muy queridos: la compasión tierna, la bondad, la humildad, la mansedumbre, la paciencia. Sopórtense y perdónense unos a otros si uno tiene motivo de queja contra otro. Como el Señor los perdonó, a su vez hagan ustedes lo mismo. Por encima de esta vestidura pondrán como cinturón el amor, que lo hace todo perfecto. Así la paz de Cristo reinará en sus corazones, pues para esto fueron llamados y reunidos. Finalmente, sean agradecidos" (Col3,12-15).
CAPÍTULO 14
Rm14,1-9: Los que todavía "se plantean problemas de conciencia por la comida" (1Cor10,25-26), ¿no demuestran que no tienen segura su fe? San Pablo intenta resolver los problemas entre los paganos y los judíos de la Iglesia de Roma. Tanto el que come de todo (posiblemente refiriéndose a los paganos), como los que no (posiblemente refiriéndose a los judíos que hacían diferencias, de acuerdo a la Ley de Moisés, entre lo que se puede y no puede comer), han sido llamados por Dios. En el caso de los que comen solo verduras, quizá se esté refiriendo a algún tipo de ayuno, como en el caso de "Daniel en el destierro a Babilonia" (Dn1,8-16). "El culto a Dios es en espíritu y en verdad" (Jn4,23-24). No se trata de cumplir externamente como los judíos en la Antigua Alianza; sino que, "toda la Ley se cumple en el amor al prójimo" (Gal5,14). Dice el Señor: "Lo que entra por la boca no hace impura a la persona, pero si mancha a la persona lo que sale de su boca" (Mt15,11). "[...] Lo que sale de la boca procede del corazón, y eso es lo que hace impura a la persona" (Mt15,18). Por eso, si comes por el Señor (de acuerdo a tu conciencia), dando gracias, está bien; y si no comes por el Señor (de acuerdo a tu conciencia), dando gracias, también está bien. "Si vivimos, vivimos para el Señor, y si morimos, morimos para el Señor". "Él murió por todos, para que los que viven no vivan ya para sí mismos, sino para Él, que por ellos murió y resucitó" (2Cor5,15). El amor a Jesús crucificado es el que da sentido a nuestras obras. Nuestra vida se ordena en dirección a lo que amamos.
Rm14,10-23: En este caso San Pablo no se refiere a hacer de juez entre dos hermanos: "¡Qué verguenza! ¿Así que entre ustedes no hay ni un solo entendido que pueda hacer de árbitro entre hermanos?" (1Cor6,5), tampoco a una correción fraterna: "Si tu hermano ha pecado, vete a hablar con él a solas para reprochárselo" (Mt18,15), sino a las críticas por las que nos hacemos jueces de nuestros hermanos. Como dice el santo apóstol Santiago: "Hermanos, no se critiquen unos a otros. El que habla mal de un hermano o se hace su juez, habla contra la Ley y se hace juez de la Ley. Pero a ti, que juzgas a la Ley, ¿te corresponde juzgar a la Ley o cumplirla?" (Stgo4,11). Como dice el Señor: "No juzguen a los demás y no serán juzgados ustedes" (Mt7,1). "No te fijes en la pelusa del ojo de tu hermano, sino date cuenta del tronco que hay en el tuyo" (Mt7,3). San Pablo enseña que "seremos juzgados por nuestras obras" (Rm2,6) y no por las de nuestro prójimo. Y, siendo que "nuestra fe se arraiga en el amor" (Ef3,17), debemos tener cuidado de nio escandalizar, con nuestras obras, a nuestros hermanos de conciencia poco formada. Nuestro amor a Dios está en unidad con nuestro amor al prójimo; a quien amamos por amor a Dios. "[...] El que no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve" (1Jn4,20). Nuestra conciencia nos reprochará si no hemos obrado conforme a la fe del corazón. "La fe del corazón te procura la justicia, y tu boca, que lo proclama, te consigue la salvación" (Rm10,10). De ahí que, debamos mantener nuestras convicciones, para no atentar contra nuestra fe en Jesucristo. "Si comes un alimento hiriendo la conciencia poco formada de tu hermano, pecas contra el mismo Cristo" (1Cor8,1-13). San Pablo, está ayudando a la Iglesia a copmprender la fe, interiorizándola en el corazón: "Cuando uno oye la palabra del Reino y no la interioriza, viene el maligno y le arrebata lo que fue sembrado en su corazón [...]" (Mt13,19). "La semilla que cayó en tierra buena, es aquel que oye la Palabra y la comprende. Este ciertamente dará fruto y producirá cien, sesenta o treinta veces más" (Mt13,23). La Iglesia de Roma, habiendo nacido a la fe, se encontraba creciendo en la fe de la mano de San Pablo.
CAPÍTULO 15
Rm15,1-6: "Los fuertes deben cargar con la debilidad de quienes no tienen esa fuerza y no buscar su propio agrado". San Pablo fundamenta estas palabras en el "Mesías crucificado" (1Cor1,22-24). "Él compartía la naturaleza divina, igual a Dios por propio derecho, sin embargo se redujo a nada, tomando la condición de siervo, y se hizo semejante a los hombres. Y encontrándose en en la condición humana, se rebajó a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Por eso Dios lo engrandeció y le dio el Nombre que está sobre todo nombre, para que al Nombre de Jesús se doble toda rodilla en los cielos, en la tierra y entre los muertos, y toda lengua proclame que Cristo Jesús es el Señor, para gloria de Dios Padre" (Filip2,6-11). San Pablo no pretende enseñar el Evangelio sin la cruz, no les prometela vida eterna sin decirles que serán crucificados: "¿No tenía que ser así y que padeciera para entrar en su gloria?" (Lc24,26). No se refiere a que tengamos que hacer grandes sacrificios, sino a vivir nuestro dia a dia desde la cruz, poniendo a Jesucristo crucificado como ejemplo y fuente de nuestra fuerza (respondiendo a su amor) en nuestros pequeños sacrificios como el de buscar agradar a nuestro hermano. "No nos debe dominar el hombre viejo, pues ha sido crucificado" (Rm6,6-14); debemos moriri a la voluntad de nuestro amor propio amor desordenado, amando a nuestro prójimo (ayudandole a crecer en el bien) como a nosotros mismos por amor a Jesucristo. La fe es un camino de continuo ascenso en el que no estamos solos, "perseveramos" (Catecismo162) teniendo el consuelo de las Escrituras que "dan testimonio de Jesús" (Jn5,39), de manera que estemos firmes en "nuestra esperanza de la gloria eterna con Él" (Col1,27) (Rm5,2) (Catecismo2090). "La unidad de la Iglesia es obra del Espíritu Santo" (He2,1-11). "Es andando en los caminos del Espíritu como realizamos la perfección que buscaba la ley" (Rm8,4).
Rm15,7-13: ¿Cómo nos acogió Cristo para la gloria de Dios? Se puso al servicio del pueblo judío. Dios cumplió sus promesas al pueblo judío y tubo misericordia de los otros pueblos paganos. "Ha reunido tanto a judíos (su pueblo escogido entre las naciones), como a paganos en su Iglesia" (Ef2,14-16). Por eso, en un acto de servicio (a ejemplo de Jesucristo) debemos acogernos unos a otros. Somos peregrinos en este mundo caminando en la fe, en dirección a la gloria eterna con Jesús (esta es nuestra esperanza); por lo cual, debemos amar a nuestro prójimo como Jesús nos amó (Caridad); "andando en el Espíritu Santo" (Rm8,4), de quien proviene el gozo y la paz. "Los frutos del Espíritu son perfecciones que forma en nosotros el Espíritu Santo como primicias de la gloria eterna. La tradicicón de la Iglesia enumera doce: "caridad, gozo, paz, paciencia, longanimidad, bondad, benignidad, mansedumbre, fidelidad, modestia, continencia, castidad" (Ga5,22-23, vg.)" (Catecismo1832).
Rm15,14-17: Llenos de buena voluntad, ¿será porque somos templos del Espíritu Santo" (1Cor3,16). Colmados de todo conocimiento , ¿será por el conocimiento de las Escrituras?: "Toda Escritura está inspirada por Dios y es útil para enseñar, rebatir, corregir y guiar en el bien" (2Tim3,16). Acerca de la corrección fraterna el Señor dice: "Si tu hermano ha pecado, vete a hablar con él a solas para reprochárselo. Si te escucha, has ganado a tu hermano. Si no te escucha, toma contigo una o dos personas más, de modo que el caso se decida por la palabra de dos o tres testigos. Si se niega a escucharlos, informa a la asamblea. Si tampoco escucha a la Iglesia, considéralo como un pagano o publicano" (Mt18,15-17). Y, si nuestro hermano peca ¿y no reconocemos el pecado? De ahí, la importancia del conocimiento de las Escrituras a la luz de Jesucristo. Y si reconocemos que nuestro hermano ha pecado ¿y no queremos decirle nada para no romper con la fraternidad, como actualmente se enseña? De ahí la importancia de la buena voluntad para hacer el bien y para hacerlo bien. Los apóstoles (actualmente los Obispos) tienen en la Iglesia la misión de "enseñar" (Catecismo888), de "santificar" (Catecismo893) y de "gobernar" (894). San Pablo hace referencia a su misión de "santificar la Iglesia"; por la cual, administra la gracia del sumo sacerdocio de Jesucristo, en la que ofrece en sacrificio a Jesucristo mismo (sacerdote y ofrenda) en la Eucaristía. "Jesús es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo" (Jn1,29). En este caso San Pablo no se refiere a la Eucaristía, sino que está ofreciendo la Iglesia a Dios. A la revelación que Dios hace de sí en Jesús, "la respuesta adecuada es la fe" (Catecismo142), que es también "una adhesión a Dios y un ascentimiento a lo que ha revelado" (Catecismo150). "Y aunque deba derramar mi sangre sobre la celebración y "ofrenda de vuestra fe", me sentiría feliz y me alegraría con todos ustedes" (Filip2,17). "...Ofrezcan su propia persona como un sacrificio vivo y santo capaz de agradarle; este culto conviene a criaturas que tienen juicio" (Rm12,1). San Pablo siente orgullo en Jesús y se alegra con él y con su Iglesia. "Es el novio quien tiene a la novia; el amigo del novio está a su lado y hace lo que él dice y se alegra con solo oir la voz del novio. Por eso me alegro sin reservas" (Jn3,29).
Rm15,18-21: San Pablo cumple con la "gran comisión": "Vayan por todo el mundoy anuncien la Buena Nueva a toda la creación" (Mc16,15). Y le acompañan las señales de los que creen: "[...] en mi Nombre echarán demonios y hablarán nuevas lenguas; tomarán con sus manos serpientes y, si beben algún veneno, no les hará daño; impondrán las manos sobre los enfermos y quedarán sanos" (Mc16,17-18). En su ministerio, "guiado por el Espíritu Santo", ha preferido sembrar donde otros todavía no habían sembrado. "Aquí vale el dicho: Uno es el que siembra y otro el que cosecha. Yo los he enviado a ustedes a cosechar donde otros han trabajado y sufrido. Otros se han fatigado y ustedes se han aprovechado de su trabajo" (Jn4,37-38).
Rm15,22-33: En todo el tiempo de su ministerio San Pablo ha tenido siempre presente a los pobres, como se lo enseña a Timoteo: "Dedícate a la piedad como a tu deporte" (1Tim4,7-10). "La Caridad es fruto del Espíritu Santo" (Catecismo1832). "La Caridad es la virtud teologal por la cual amamos a Dios sobre todas las cosas por Él mismo y a nuestro prójimo como a nosotros mismos por amor a Dios" (Catecismo1822). San Pablo tiene bien claro su necesidad de la gracia de Dios: "Te basta mi gracia, mi mayor fuerza se manifiesta en la debilidad" (2Cor12,9).
CAPÍTULO 16
Rm16,1-16: San Pablo recomienda a Febe, "diaconisa" de la Iglesia de Cencreas. La palabra "diácono" no tenía el mismo significado que hoy en día, se utilizaba para diversos servicios. Es muy probable que al decir "diaconisa" se refiera a la encargada de algún tipo de servicio en la Iglesia de Cencreas. Así lo vemos en el versículo 2 cuando dice: "muchos están en deuda con ella y yo también". Cuando se refiere al ministerio del diaconado, similar al de hoy en día, se dirige a los varones: "Los que cumplan bien su oficio se ganarán un lugar de honor, llegando a ser hombres firmes en la fe cristiana" (1Tim3,13). A diferencia de las mujeres a las que les dice: "sean respetables, no chismosas, sino serias y dignas de confianza" (1Tim3,11).
Rm16,17-27: San Pablo advierte que debemos alejarnos de los que cambian la doctrina, como lo dice también en su carta a los Gálatas: "Pero no hay otro (Evangelio); solamente hay personas que tratan de tergiversar al Evangelio de Cristo y siembran confusión entre ustedes. Pero aunque nosotros mismos o un ángel del cielo viniese a evangelizarlos en forma diversa a como lo hemos hecho nosotros, yo les digo: ¡Fuera con él! Se lo dijimos antes y de nuevo se los repito: si alguno viene con un evangelio que no es el que ustedes recibieron, ¡maldito sea! ¡Anatema! ¿Con quién tratamos de conciliarnos?: ¿con los hombres o con Dios? ¿Acaso tenemos que agradar a los hombres? Si tratara de agradar a los hombres, ya no sería siervo de Cristo" (Gal1,1-7). El apóstol San Juan también dice: "Hijitos, estamos en la última hora, y han oído que va a venir un anticristo. Pero ya han venido varios anticristos, por lo cual conocemos que es la última hora. Esa gente salió de entre nosotros, pero no eran de los nuestros; si hubieran sido de los nuestros, se habrían quedado con nosotros. Así es como descubrimos que no todos son de los nuestros" (1Jn2,18-19). "El que se aventura y no permanece en la doctrina de Cristo no posee a Dios; el que permanece en la doctrina, ese posee al Padre y al Hijo. Si alguno viene a ustedes y no trae esta doctrina, no lo reciban en sus casas ni le saluden; pues el que le saluda se hae cómplice de sus malas obras" (2Jn9-11). Es una mala obra (entre tantas malas obras), "cambiar la doctrina", porque atenta directamente contra la "obra de nuestra Redención" realizada por Jesucristo; quien, "con su sangre, nos consiguió el perdón de Dios" (Rm3,23-26). Es necesario, pues, la obediencia. El Señor dice: "No bastará con decirme: ¡Señor!, ¡Señor!, para entrar en el Reino de los Cielos; más bien entrará el que hace la voluntad de mi Padre del Cielo. Aquel día muchos me dirán: ¡Señor, Señor!, hemos hablado en tu nombre, y en tu nombre hemos expulsado demonios y realizado muchos milagros. Entonces yo les diré claramente: Nunca les conocí. ¡Aléjense de mí ustedes que hacen el mal!" (Mt7,21-23). Se está desubriendo el plan misterioso mantenido oculto: "Dios reúne tanto a judíos como a paganos en su Iglesia" (Ef2,14-16). "Jesús vino a salvar al mundo" (Jn12,47). Por eso, envió a sus apóstoles: "Vayan por todo el mundo y anuncien la Buena Nueva a toda la creación" (Mc16,15). "Dios establece su Reino" (Mt4,17): "la Iglesia". Todas las naciones tendrán que abrazar la fe.
